Marcos 3, 13-15
Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso, y se reunieron con él. Así instituyó a los Doce (a los que llamó también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, dándoles poder para echar demonios.
Llamados para estar con el Señor,
llamados para ser enviados a predicar,
en los gestos de Jesús
reconocemos la raíz de nuestro ministerio.
En tu vida, en mi vida, en nuestras vidas de catequistas,
se renueva y actualiza el mandato del Señor.
Ser catequista,
un llamado del Señor
para permanecer junto a Él,
haciendo camino a su lado,
dejándonos formar a su modo,
pasando tiempo con el Señor.
En el silencio de la oración,
en la contemplación de la realidad,
en la lectura cotidiana de la Biblia,
para captar en su hondura
la Palabra que se encarna en nuestra vida.
Para estar, cada día un paso más,
de manera más profunda, con el Maestro,
y crecer en espiritualidad discipular.
Ser catequista,
un llamado del Señor
para ser enviados a predicar.
Servidores de la Palabra
en salida a los demás.
Con espíritu de parresía,
para imitar el ardor de los primeros cristianos.
Hacia las periferias de hoy,
existenciales, materiales,
las fronteras humanas donde
viven los que sufren, los que están solos, los despojados,
Desafiados a vencer la indiferencia
que nubla la vista e impide la fraternidad.
Para llevar, cada día un paso más,
de manera más valiente, a Jesús, el Sanador de la Vida,
y crecer en espiritualidad misionera.
Discípulo misionero,
dos caras de la misma moneda
que es tu vida consagrada
por el Señor a la Palabra,
Catequista de Jesús.
– Me elegiste por amor, que te corresponda, Señor –
– Marcelo A. Murúa
