Isaías 50, 4
El Señor Yavé me ha concedido el poder hablar como su discípulo.
Y ha puesto en mi boca las palabras para fortalecer al que está desconsolado.
Cada mañana él despierta mi mente y lo escucho como lo hacen los discípulos.
Gracias Señor,
por el don de ser catequista,
que nunca olvide que primero soy discípulo.
Quiero conservar tu Palabra
en mi corazón
para que mi boca la anuncie
y toda mi vida la transmita.
Para animar con tu Espíritu
al que ha perdido las fuerzas,
para alumbrar con tu Luz
a quien busca su camino,
para sembrar la Semilla
de la fe que ayuda a florecer y fructificar.
Despierta cada día mi oído de discípulo
para escuchar tu voz y dejarme guiar por Ella.
Abre Señor mis oídos, abre mi corazón
– Marcelo A. Murúa