Prov 4, 20-22
¡Hijo mío, pon atención a mis palabras, oye bien mis discursos! Tenlas presentes en el espíritu, guárdalas en lo más profundo de tu corazón. Porque son vida para el que las acoge, son un remedio para el cuerpo.
Me gusta ir a dormir, Señor,
recordando alguna de tus enseñanzas.
Tu Palabra me da fuerzas,
me anima en la vida cotidiana,
me ayuda a ver las cosas
con ojos de esperanza,
me devuelve la alegría y la sonrisa.
Quiero guardarla toda mi vida,
para que sea mi luz interior.
Gracias por la jornada, Señor,
renueva mis fuerzas,
mi esperanza, mi corazón.
– Marcelo A. Murúa