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El camino de la Cruz y las cruces del camino

por Nestor Gastaldi
Don Bosco 20
(2000) Rosario

Me propongo presentar algunas reflexiones sueltas en torno a la cruz, sin olvidar dos cosas: la primera, que el de la CRUZ es un tema inagotable, uno de los más ricos de la espiritualidad cristiana. Y la segunda, que la Cruz no es tanto cuestión de reflexionarla y de barnizarla. La gran cuestión es aprender a aceptarla, vivirla y subir a ella. Y qué lindo cuando todo esto se vive con la alegría del discípulo que "sabe de quien se ha fiado", ¿no? (2 Tim 1, 12)

Se me hace que las reflexiones que podamos pensar en torno a la cruz se pueden dividir en dos grandes grupos. Un grupo reúne aquellas consideraciones que hablan de la cruz y la muestran como algo comprensible humanamente. Una realidad dura, sí, pero que tiene su lógica, porque no implica una ruptura con nuestros pobres esquemas mentales. Y en cambio hay otro grupo de vivencias y situaciones humanas cuya cuota de cruz presenta características tales que se sitúan más allá de nuestros esquemas, y no pocas veces a contramano de nuestra manera de pensar y de nuestra lógica. Son situaciones a las que se refería San Pablo cuando escribía a los Romanos: "¡Qué profundas son las riquezas de Dios, así como su sabiduría y entendimiento! Nadie puede a veces explicar sus decisiones, ni llegar a comprender sus caminos" (11, 33-34).

Como ejemplos del primer grupo podríamos ubicar todas aquellas situaciones y vivencias que son, sí, de dolor y de cruz, de sufrimiento y de lucha, pero cuyo sentido comprendemos porque tienen un significado más o menos manifiesto, en la línea de la maduración y del crecimiento, en la línea de apostar para que haya más vida.

Estoy pensando en una mamá embarazada que sufre molestias, privaciones e incomodidades. Son cruces, pero las acepta sin crisparse porque sabe que es para traer un hijo al mundo.

En todos estos casos se cumple una dinámica que podríamos llamar (como lo hizo Jesús) la ley del grano de trigo: si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se quedará solo. Si en cambio acepta el sufrimiento y la muerte en la oscuridad de la tierra, se volverá fecundo y producirá muchas espigas (Jn 12, 24). Se trata de una ley que, con otras palabras, la formulan también la psicología y las otras ciencias del hombre. Y de Jesús en adelante los creyentes decimos que encierra una dinámica pascual: no hay vida sin muerte.

Pero, ¿qué pasa con Luciana, esa futura mamá que al hacerse el estudio previo se enteró de que el feto de 4 meses que llevaba en su seno iba a nacer anencefálico y por lo tanto tendría cero posibilidades de sobrevivencia? Además de plantear un problema moral (¿es lícito o no un aborto terapéutico?) este caso nos introduce en el otro tema: ¿qué sentido darle a los cinco meses que me faltan para dar a luz? ¿qué espera Dios de mí? ¿podré sobrellevar esta dura cruz?

En el segundo grupo se alinean todos los enfoques que muestran ciertas cruces como en ruptura con nuestra manera de pensar, porque se ubican más allá de toda lógica humana, porque contradicen nuestros cálculos corrientes, o no les encontramos un sentido. Empezando por la cruz de Cristo: ¿cómo aceptar y comprender que el gesto salvador más grande de la historia se haya dado a través de un hombre colgado de un madero, y colgado por sus propios hermanos? ¿Cómo entender que un tipo como Jesús haya tenido que morir asesinado? Más todavía: ¿que este fenómeno sea algo así como una constante de la historia de la humanidad, a saber, que en este mundo, una persona como Jesús, o que quiera parecérsele de cerca "tenga que morir"?

En las primeras páginas del Génesis la Biblia intenta dar una respuesta que luego retoma y desarrolla San Pablo en varias de sus cartas. Pero es sólo un elemento de respuesta. No es la repuesta, porque el misterio del mal seguirá siendo siempre eso: un misterio.

Entonces, de allí en más, aceptar la Cruz como creyentes, supone por ejemplo aceptar que en la vida no es siempre cuestión de pretender comprenderlo y razonarlo todo. Si me propongo ser generoso y fraterno con un hermano tendré que ir más allá de lo que se entiende generalmente con la palabra amor (ese amor espontáneo y posesivo, muy marcado por el deseo, el vacío y la necesidad). Tendré que aprender ese otro amor que es don de lo alto, y que brota justamente de la Cruz.

Porque el deseo del hombre es posesión, necesita controlar la propiedad del Tú, siempre tiende a decir "sos mío". El amor que proviene del Espíritu es humilde y desinteresado, sabe agradecer el regalo que viene de lo alto. Es un amor que confía desde la desnudez del abandono, nos reconcilia con nuestros límites y nos da la sabiduría de la escucha y del respeto.

Está demás señalar cómo todo esto tiene repercusiones muy concretas en lo cotidiano: llámese amor de pareja, llámese convivencia en una comunidad religiosa, o en cualquier comunidad que se precie de cultivar un clima de plenitud y madurez.

Pero las consecuencias de este enfoque de la Cruz, ¿no se dan también en otros planos? Pensemos en una opción por el celibato o la virginidad consagrada. Una opción así tiene explicaciones "razonables" (ser aquí y ahora testigos del Amor que reinará en el mundo de la resurrección; estar más disponibles para el servicio...). Pero tiene también otras dimensiones que sólo pueden entenderse dentro de la lógica de la Cruz. El que puede entender que entienda (Mt 19, 12).

Y no me refiero tanto a la cuota de frustración humana que puede comportar la renuncia al amor de pareja. Me refiero a la pretensión inaudita que supone el querer tener a Dios como amor personal, único y total. Es por eso que -como escribe un maestro de espiritualidad- el celibato sólo puede ser vivido en plenitud desde un corazón nuevo, desde un corazón recreado por el Espíritu Santo.

Porque si toda experiencia auténtica de amor intersubjetivo quiebra la pretensión de cualquier esquema ordenador, ¿qué puede ocurrir cuando Dios en persona viene a reinar con la fuerza y el fuego de su amor?1

Otro ejemplo: ¿se puede entender fácilmente que haya personas de una vida intachable, y que pareciera que Dios las hubiera elegido como víctimas, porque se pasan 4, 6, 10 años postrados en una cama, llevando varias dolencias a cuestas, y sometiéndose con serenidad a una serie de intervenciones quirúrgicas? Hemos visto a mamás jóvenes soportando todo esto en paz y ofreciendo al Señor una existencia que parecería no tener sentido.

Quizás haya que añadir en esta recorrida de la Cruz como misterio incomprensible, a los niños que nacen con el síndrome de down, o con otras graves enfermedades congénitas. A los mutilados de por vida a raíz de accidentes, así como a las víctimas de inundaciones, tornados y otros cataclismos. En ciertos velatorios de casos similares, no atiné sino a leer aquellas palabras de Romanos 11: ¿Quién lo entiende a Dios? ¿Quién de nosotros podría ser su consejero?

Durante 10 años el Señor me concedió poder compartir mi amistad con un papá que prestaba servicios con mucha responsabilidad y cariño en la portería de una casa salesiana. Un hombre alto, robusto, buen mozo... y que ahora caminaba apoyándose en bastones ortopédicos, debido a un grave accidente que lo dejó postrado e inválido durante un par de años. -¿Cómo hacés, Jesús, para estar como te vemos, siempre alegre y servicial, con ese amor con el que llevás adelante tu vida, tu casa y tu trabajo?

Sintetizo en dos palabras la respuesta que me dio, pero fue mucho más rica y espaciada: - Esto no fue siempre así. al principio me costó asumir. Pero un buen día, participando de un retiro, el Espíritu me regaló una fuerte experiencia de Cristo, que marcó un nuevo rumbo a mi vida... Por eso me ves como decís que me ves.

Y así podríamos seguir describiendo las distintas situaciones que encontramos en el camino de la Cruz, y que no dejan de cuestionar nuestros pobres esquemas mentales. ¿Es acaso fácil aceptar y comprender que Dios, el Dios del amor y la misericordia, que quiere entrañablemente a sus hijos, haya esperado hasta los años 40 para el descubrimiento de la penicilina y los antibióticos, y mientras tanto haya guardado silencio "dejando morir a sus hijos"? Y cito este caso como significativo de otras muchas enfermedades que hoy cura la medicina y que pocas décadas atrás eran irremediablemente mortales.

Conocemos la respuesta de los teólogos a este planteo: "Nuestro Dios es un Dios necesitado de tiempo", "es un Dios que respeta la historia y la libertad del hombre". ¿Pero es suficiente como explicación? O es un balbucir parecido al de Juan y Pablo cuando nos dicen que Dios amó al mundo hasta el punto de entregar a su propio Hijo? (Rom 8, 32; Jn 3, 16)

Un poco más arriba nos habíamos referido a la dinámica pascual de aceptar situaciones de Cruz y de "muerte", como condición para que haya vida. Se trata decíamos- de un proceso que tiene una cierta lógica humana: el que se rehusara a toda vivencia de lucha y de dolor estaría negando su condición de creatura y estaría rechazando la oportunidad para crecer y madurar en el amor y la fecundidad.

Pero no ocurre lo mismo cuando analizamos este proceso en su fase final, es decir, cuando hablamos de la muerte como el último instante de nuestra existencia. Los creyentes decimos que la muerte conduce a la resurrección. O al revés, que nadie accede a la plenitud de la resurrección sin pasar por la muerte.

Sin embargo, entre la muerte y la resurrección, ¿no existe un tramo de camino en el que se termina toda lógica, y desde el punto de vista humano se hace la oscuridad total?

Porque no hay continuidad entre resucitar y despedirse de este mundo. Entremedio de estos dos "momentos" hay que ubicar el silencio de la muerte. ¿Y qué es "la muerte" mirada con ojos humanos? Pensemos en la de un ser querido, o en lo que será la nuestra, mirada desde esta orilla; la muerte es el fin de la vida, el silencio de Dios. Es la ausencia, la quiebra de toda palabra, el desvanecerse de toda lógica y sentido humanos.

Hay casos, es cierto, en que la fe es tan grande y tan fuerte que esta ausencia y este silencio de Dios desaparece y pasa a primer plano la claridad de la resurrección. (Esto me ha sido dado vivirlo no sólo en velatorios de personas ancianas que habían cumplido con creces su carrera... sino también en casos como el de Javier, ese joven de 20 años que murió electrocutado en lo mejor de su edad. Me conmovió la fe y la entereza de sus padres... )

Pero digamos que no es lo corriente, a causa de lo ciego y lo herido que se encuentra el corazón del hombre.

Claro que si leemos Romanos 5, 12, la fe nos dice que Dios nunca había pensado en "la muerte" del ser humano. Dios había pensado, sí, en "el tránsito", que consistía en dejar atrás serenamente esta primera etapa de la vida, para pasar a la plenitud del Cielo. Pero a causa del pecado, "el dulce tránsito" adquirió los rasgos terribles de "la muerte", con todo lo que significa hoy de ausencia, de crispación y de ceguera, de incapacidad de verla y aceptarla como límite inherente a nuestra condición creatural, de "agonía" (o sea, de rebelión y de lucha para no morir). Y todo ello sin contar esos otros atroces rostros de la muerte que el hombre ha ido sembrando en la historia: guerras, torturas, crucifixiones, homicidios, injusticias, hambre, desnutrición...

Todo empezó desde que el viejo Adán "quiso ser como Dios" y se extrañó de tener que envejecer y dejar atrás esta primera etapa de su vida, y "transitar" a la Vida en plenitud. Todo comenzó cuando el viejo Adán no supo aceptar la pequeña cruz de sus propios límites y de su situación creatural. Ese día, sin saberlo, se estaba fabricando una cruz mucho más pesada, porque sin saberlo estaba inventando LA MUERTE.

Tuvo entonces que llegar el otro ADÁN, el Nuevo, el hombre que no se extrañó de tener que morir, y enseñarnos de nuevo el camino "para estar desnudos frente a Dios y a los demás, sin sentir vergüenza".

Enseñarnos la Sabiduría de aprender a vencer la Muerte, aceptándola sin rebelarnos, para que de este modo la Muerte cambiara su rostro y volviera a convertirse en lo que Dios había soñado: en el Tránsito. "Mi vida nadie me la quita, soy yo quien la entrega" (Jn 10, 17). Desde aquel día la comunidad de los creyentes comenzó a celebrar el tránsito de los santos como su día natalicio: el día de su Resurrección.

Desde entonces, no existe otra manera de alivianar las situaciones nuestras y ajenas: esas situaciones que en el camino de la vida tienen el rostro de la muerte. Desde entonces a esta difícil ciencia se ha dado en llamarla: la sabiduría de la Cruz.

Por eso leí una vez por allí que el ser humano tiene dos maneras de luchar contra la muerte: está la lucha científica (la que llevan adelante la Biología, la Medicina, y las otras ciencias que luchan para prolongar la vida y hacerla más llevadera). Y está también la lucha contra la muerte que lleva adelante la así llamada "corriente humanista" (la filosofía y la teología iluminada por la Fe). Esta lucha consiste en lograr que la humanidad aprenda a morir.

 

No sin pena dejo aquí estas páginas. Porque me faltaría tratar el capítulo más importante de la Cruz: la relación de profunda sintonía que existe entre la cruz y el amor. La Cruz tiene un parentesco muy grande con el amor. Por muchos motivos. La de Jesús fue un acto de amor. Pero también porque un amor maduro, generoso, liberado del deseo, es un don del Espíritu. Para recibirlo y acogerlo hay que estar abiertos a otra lógica... Y esto es cruz. Porque implica "nacer de nuevo" y no hay nuevo nacimiento sin cuotas de muerte.

Venimos al mundo perdidos, y la perdición más grande que traemos es nuestra incapacidad de amar así, con el único amor que podría hacernos felices. Somos seres muy necesitados de "salvación".

Pero esto ya sería tema para otras páginas sobre la Cruz que no cabrían en esta entrega.

Copyrigth © Buenasnuevas.com 2002