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Hay que nacer de lo alto...

por Aldo Ranieri
Procura Salesiana
Laprida 1245
1425 - Buenos Aires

El viejo Nicodemo frunció el ceño y se quedó perplejo. Acababa de escuchar un absurdo: ¡tenía que nacer de nuevo! De no haber sido Jesús, a quien él sinceramente admiraba, el que le dijera tal cosa, se habría puesto a reír. "¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?" Jesús, con paciencia, retomó el diálogo y le respondió: "No te asombres de que haya dicho: Tienen que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu" (Jn 3, 7-8).

A Nicodemo, el miedo de perder la estima
de sus pares del Sanedrín y de ser herido

por sus ironías siempre le había
atenazado el alma.

Parece que la explicación no lo convenció, porque algunos años después, la tarde del viernes más solemne del año, lo encontramos siguiendo el cortejo fúnebre que llevaba el cadáver de Jesús a la tumba. Sobre quien le había anunciado un nuevo nacimiento se cerraba definitivamente la tumba y Nicodemo había gastado mucho dinero, como su último homenaje, en las cien libras de mirra y áloe para impregnar las vendas que iban a envolver el cuerpo, ya frío, de Jesús. Iba a enterrarlo, como se entierra una ilusión, una utopía quebrada (Jn 19,38-39). Como a su compañero, José de Arimatea, el miedo de perder la estima de sus pares del Sanedrín y de ser herido por sus ironías le había siempre atenazado el alma. Realmente para unirse a Jesús habría tenido que armarse de un coraje que él no sabía de dónde sacar y, ahora, mientras tristemente seguía a los discípulos hacia el jardín en donde su amigo José de Arimatea estaba preparando la tumba, le daban vuelta por la cabeza esas palabras: ..."hay que nacer de lo alto, hay que nacer de nuevo".

En realidad estas palabras de Jesús no son tan sencillas de entender tampoco para nosotros. Lo que llama la atención es la expresión: "Así es todo el que nace del Espíritu", que Jesús pone en relación con el soplo del viento: "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu" (Jn 3,8).

El sentido de esta frase no es fácil de captar, pero intuimos en ella como una apertura hacia algo más profundo, hacia el misterio de Dios. Ahora bien, como pasa a menudo, para entender conceptos nuevos y atrayentes es menester transitar caminos hoscos, y para ensayar una interpretación, animémonos a realizar una incursión en la lengua hebrea.

En hebreo, las palabras castellanas viento y Espíritu, suenan ambas así: rûah/. Este vocablo aparece entonces dos veces en el v. 8: en la primera indica concretamente el soplo del viento: "El viento (rûah/) sopla donde quiere..."; pero en la segunda es lisa y llanamente el mismo Espíritu de Dios: "Así es todo el que nace del Espíritu (rûah/)". No nos queda muy claro qué tiene que ver el libre soplar del viento con el nacer del Espíritu, pero una cosa es cierta: que seguramente Jesús no quería decir que hay que nacer ¡del viento!

Se suele afirmar que los substantivos son formaciones nominales derivadas de los verbos correspondientes. En castellano pensemos, por ejemplo, la palabra "desvelo", que deriva del verbo desvelar. En la lengua hebrea pasa lo mismo, y el sentido del sustantivo rûah/, se hace derivar de la raíz del verbo rawah/, soplar, respirar, de manera que su sentido es el de viento, respiro del ser humano, y también fuerza vital, vitalidad de una persona. En estos casos el género del sustantivo es masculino. Sin embargo hay otros lugares de la Biblia en donde su género es femenino, y estos lugares son expresiones en las que la palabra rûah/ indica el Espíritu de Dios en cuanto da vida, pone en la existencia, es decir que son más bien contextos de creación. ¿Cómo se explica tal diferencia de género y de sentido? La explicación es que esta palabra, tan importante en la Biblia, puede derivar también de otra raíz verbal: rewah/, cuyo sentido es ensanchar, hacer pasar desde lo angosto hacia lo ancho. Este sentido, tan diferente, se explica por la experiencia humana que el verbo rewah/ quiere expresar, es decir la salida a un espacio amplio, como el que se realiza en el parto, en el dar a luz. El vocablo rûah/ entonces adquiere el sentido de Espíritu no como soplo de Dios, sino como el que da la vida.

Hay un maravilloso capítulo del profeta Ezequiel, que les invitaría a leer, en donde aparece este sentido de la palabra rûah/. Es la famosa visión de los huesos secos (Ez 37,1-14). El profeta, movido por el Espíritu de Iahwéh, se encuentra frente a una vega llena de huesos humanos secos y recibe la orden de profetizar sobre ellos. A la voz del profeta "hubo un estremecimiento, y los huesos se juntaron unos con otros... la piel se extendía por encima, pero no había espíritu en ellos..." Entonces Dios le ordena invocar al Espíritu: "Ven, Espíritu de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan. El Espíritu entró en ellos..." y fue una muchedumbre inmensa de seres resucitados, alabando a Dios.

Lo que nos parece interesante es que tenemos aquí, juntas, la palabra soplo y la palabra Espíritu, las mismas que utiliza Juan en su evangelio. Este pasaje del profeta Ezequiel, Nicodemo lo tenía que conocer al dedillo, por eso Jesús le toma el pelo buenamente, cuando le dice: "Tú eres maestro en Israel, y ¿no sabes estas cosas?" ¿Qué es lo que no sabía Nicodemo. En realidad lo que Nicodemo no quería saber era que Jesús era la resurrección y la vida, ya que poseía la plenitud del Espíritu de Dios. Y para que a nosotros no nos pase lo mismo Juan, en el capítulo veinte de su evangelio, nos muestra a Jesús que: "sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados..."

Queridos amigos lectores, este soplo de Jesús lo recibimos en los sacramentos del bautismo y de la confirmación. Nos da un nuevo respiro, una nueva vida, a través de la purificación del pecado y nos pone en una comunión íntima y personal con Él, de manera que nuestra vida de familia y de trabajo se vuelve un culto agradable a los ojos de Dios. Como pueden ver Juan unió en un único significado los sentidos de los dos verbos hebreos: el primero: rawah/, soplar, respirar y el segundo: rewah/, ensanchar, hacer pasar desde lo angosto hacia lo ancho. Salimos del estrecho abrazo del pecado y de la muerte al abrazo amplio y tierno de Dios mediante el soplo (rûah/) de Jesús que a través de su Espíritu (rûah/) nos hace nacer a una nueva vida.

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