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Un agujero del tamaño de Dios
Para la catequesis del Adviento y la Navidad

por Néstor Gastaldi
Don Bosco 50
2000 Rosario

 

En trabajos anteriores hemos explicado desde estas mismas páginas las razones profundas por las cuales Dios en la Biblia hace suya la causa del pobre. No porque el pobre sea mejor que el rico, sino por un lado para manifestar que su amor es incondicional y gratuito. Y la otra razón: porque el pobre -decíamos- encarna mejor que el poderoso, el rostro del Dios de Jesús, que es un Dios crucificado.

Cuando se habla de la opción por el pobre, a saber que la iglesia en su pastoral tiene que privilegiar al pobre, se tiene mucho cuidado en aclarar que esta opción no es excluyente ni exclusiva. Desde los pobres a todos. Yo diría en cambio que sí, que es exclusiva: Jesús vino para los pobres. ¿En qué sentido? En el sentido de que para acercarse a Jesús, para permitir que el Espíritu obre en nosotros, necesitamos tener un corazón de pobre, cualquiera sea nuestra condición socio-económica.

No por nada la primera de las Bienaventuranzas en la versión de Mateo (5,3) dice: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino. Y un autor la traduce de esta manera: Felices los que tienen un corazón de pobre, porque lo tienen a Dios por Rey. Dios reina en ese corazón. También este año los cristianos con ocasión del Adviento y la Navidad somos invitados por la liturgia a prepararnos para recibir a Jesús. El ya nació en Belén, pero todavía no terminó de venir a cada uno de nosotros.

Y, ¿cuál es la actitud para recibirlo? Se la puede sintetizar en esta frase: cultivar un corazón de pobre. ¿Qué significa la palabra pobre en el lenguaje bíblico? Pobre es la persona que se sabe necesitada de Dios y de los demás. No existe un ser humano que no necesite de Dios y de los demás... pero, ¡qué pocos tienen conciencia de ello y obran en consecuencia! Por eso que no faltan Biblias que traducen la primera bienaventuranza de esta manera: «felices los que reconocen su necesidad espiritual». Son los humildes, contrapuestos a los orgullosos, a los auto-suficientes que creen bastarse a sí mismos, y por eso atropellan o subestiman a sus semejantes. La autosuficiencia fue el pecado de Adán, que quiso ser como Dios (Gn 3,5).

¿Y cuáles serían a la luz de la Biblia las principales características del que tiene un corazón de pobre?

  1. Decíamos que una primera característica consistía en reconocer la propia indigencia: saberse una persona necesitada. Se trata de una actitud interior vivida en forma permanente y espontánea, natural. Alguien definió la acción del Espíritu Santo en términos de «una nueva espontaneidad». Es la actitud de quien se siente reconciliado pacíficamente con su condición humana, su situación creatural: con sus propios límites y sus pequeñas miserias. Los estudiosos del hombre suelen citar esta postura como uno de los rasgos de la madurez.
    Se trata de una persona que ha realizado en forma satisfactoria la tarea impostergable de conocerse, aceptarse y quererse, ¿no? Y por eso mismo se muestra tal cual es, sin tener que ocultar lo que siente o piensa, ya se trate de sus grandes proyectos como de sus pequeñas miserias. Miserias que ha aprendido a asumir con una buena dosis de humor.
  2. De allí que el que tiene un corazón de pobre sea una persona que vive y se muestra agradecida, porque ha tomado conciencia de todo lo que Dios le ha regalado gratuitamente y no se cree con derechos ante Dios. ¿Cómo camina por la calle el que está convencido -en cambio- de que todo lo que tiene lo tiene por mérito propio? ¿Cómo se comporta con los suyos, con su esposa y con sus hijos? ¿Qué piensa del pobre y del marginado? ¿Con qué ojos mira al excluido y al que vive en la miseria? Como ya se puede vislumbrar, este tema tiene fuertes repercusiones políticas y sociales...
    Y porque siente ganas de dar gracias, el pobre de espíritu disfruta a fondo la felicidad de poder ayudar a otros, de tener fecundidad, de sentirse útil. Es su manera de devolver todo lo que ha recibido gratuitamente, con el sentimiento de no haberlo merecido.
  3. Y podemos añadir una tercera característica que explicita mejor las anteriores y es quizás la más importante: la gente pobre y sencilla suele tener el terreno mejor preparado para recibir el Reino. Jesús lo dice expresamente en la oración que trae Mateo al final del cap. 11 de su evangelio: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños". Cuando San Lucas trae estas mismas palabras comienza diciendo que "en ese momento Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo" (10,21). Es un pasaje que nos habla de la alegría íntima de Jesús y de su manera de orar. Un tema que trabajará luego San Juan.

Los pobres y sencillos tienen algo así como una connaturalidad para recibir y comprender el estilo del Reino, para permitirle a Dios reinar en sus corazones. Y la razón de esto hay que buscarla en Dios mismo: el Dios de Jesús es así y punto. No hay otra explicación. Por eso San Pablo dice que estas preferencias de Dios suenan a locura y a escándalo para los que se creen sabios y fuertes según el mundo (1 Co 1, 22-25). Pero Dios tiene otra manera de pensar: aquello que nos empobrece (limitaciones, enfermedad, fracasos, debilidades es lo que más nos enriquece, porque rompe nuestra cerrazón y nos prepara para que pueda entrar Dios.

O sea: nuestras limitaciones psicológicas, nuestras debilidades y desgarrones afectivos, el sentirnos impotentes para la misión que nos han encomendado, el experimentar en nosotros la fuerza del egoísmo y del pecado... Todo eso que según el mundo es pobreza, puede convertirse en riqueza porque posibilita que nos abramos a los tesoros del Reino y a percibir la gratuidad del Amor.

¿Hemos comprobado alguna vez -por ejemplo- que el hecho de sentirnos limitados nos ha vuelto más fraternos y más libres, menos pretenciosos y menos exigentes de nuestros pretendidos derechos? Felices los que tienen un corazón de pobre, porque lo tienen a Dios por Rey.

Es Adviento. Pronto puede ser Navidad. Venimos al mundo con un vacío, un agujero inmenso, un hueco del tamaño de Dios. Y la mayoría de nosotros nos pasamos la vida transpirando por llenar ese agujero con bienes inconsistentes y falsos que nos dejan frustrados. Peor todavía: que tapan la entrada a la obra que el Espíritu sueña realizar en nosotros. Esa obra de que habla San Pablo cuando citando a Isaías dice que "el ojo no vio, ni el oído oyó, ni pasó por la imaginación de hombre alguno todo lo que Dios tiene preparado para los que le aman" (1 Co 2, 9).

Durante este Adviento el Espíritu sueña con darnos la Sabiduría para comprender que lo que según el mundo es pobreza puede convertirse en riqueza, porque nos prepara para que Dios reine y sea Navidad.

Claro que nada de todo esto se compra. Es puro regalo del Espíritu. Dejarlo obrar nos suena a pasividad, como si dijéramos: ¡qué fácil, no? Sin embargo estamos hechos de tal manera que nos resulta mucho más difícil esto, que todo un programa espiritual de grandes propósitos. Un programa del que nos sentiríamos dueños y protagonistas, reforzando así nuestra autosuficiencia: no quiero cederle a nadie el timón de mi vida. ¡Quiero manipularla yo mismo!

 

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