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Catequistas para el Tercer milenio

por Hermano Génaro Saénz de Ugarte
Comunidad La Salle - Gaucho Rivero1396
5126 Malvinas Argentinas - Córdoba

Escribo a mediados de Enero del 2003. Apenas tengo conciencia de que ya ha quedado atrás el 2002. Éste ha sido un año muy fecundo para mi experiencia de fe, tanto en lo más personal como en el ejercicio de la misión. Esta experiencia me lleva a situar mi condición de catequista y de pastor en el caminar del nuevo milenio.

 

DESDE LO QUE VIVO

Desde hace un año, vivo inserto en un barrio muy pobre de la periferia de Córdoba. Me dejo envolver por la cultura de la fragilidad, del relativismo, de la supervivencia y de la amenaza constante. Trato de estar muy cercano y atento a la vida de las personas que sufren permanentemente una situación de deterioro y de abandono. Puedo constatar las numerosas necesidades primarias no resueltas. Me puedo acercar a una mentalidad religiosa sincera pero frágil y envuelta muchas veces en un sincretismo religioso alarmante. Me duele la orfandad religiosa institucional en que vive la mayoría de esas personas.

En medio de todas esas experiencias busco interiorizar, más y más, el Misterio de la Encarnación. Trato de identificarme con el Señor Jesús, con su manera de acercarse al hombre y con su forma de asumir la condición humana. Valoro las diversas experiencias solidarias que vive la gente del barrio. Valoro también la importancia de la Comunidad de Fe. En las experiencias comunitarias se da un acercamiento a la Palabra de Dios. Es gente abierta a lo religioso y en una búsqueda sincera. En la práctica pastoral siento la necesidad de dar primacía a la Palabra de Dios sobre el rito y el sacramento. En este contexto, experimento la importancia del diálogo cercano y del compartir realista y directo.

Esta experiencia de inserción no me ha encerrado en una única realidad sociocultural. He tenido la posibilidad de mantener contactos significativos con pastores, con educadores cristianos, con catequistas, con hombres y mujeres de fe que, en otros ambientes, buscan encarnar su condición de creyentes en el contexto cultural que nos envuelve, que nos marca y que nos empuja. He valorado las exigencias de la búsqueda en la fe y he gozado el caminar lúcido y solidario de numerosos creyentes. Pero he sufrido la carencia de un vocabulario religioso más cercano a lo que se vive, más acorde con los interrogantes vitales del momento presente y más iluminador para la diversidad de situaciones reales que se dan y que padecemos. He sufrido, también, la ausencia de ámbitos comunitarios en los que muchos de esos creyentes en búsqueda, puedan vivir, compartir, reflexionar y orar su experiencia de fe.

 

INTERROGANTES Y REFLEXIONES

Por eso me pregunto: ¿qué significa entrar en el Tercer Milenio con nueva mentalidad de creyentes? ¿Qué significa formarse para vivir como discípulos de Jesús, miembros activos de una Iglesia que quiere ser sal y luz del Espíritu para estas culturas? Presento, pues, con sencillez mis reflexiones a otros hermanos catequistas y pastores. Mi intención es invitar a entrar más decididamente en la reflexión de la vida de fe desde y para el tiempo cultural en el que vivimos.

Bajo ciertos aspectos, el momento presente es, ciertamente, un momento fascinante. Se nos ofrece la posibilidad de acercarnos de manera más realista y profunda al Misterio de nuestra fe cristiana. Creo que este tiempo puede ser tiempo de creatividad insospechada y de respuestas nuevas a las preguntas originales y pertinentes que la cultura hodierna nos dirige a los discípulos de Jesús.

Pero bajo otros aspectos, este momento tiene, a no dudarlo, algo de trágico. Algunos creyentes pretenden regresar a un pasado que no puede ofrecer la luz y la inspiración que necesita el tiempo presente. Otros pretenden innovar sin tener suficientemente en cuenta la realidad cultural en que vivimos y la riqueza de nuestra historia de fe. Hay, también algunos otros que han perdido la esperanza en el futuro de la vida de fe. Como si creyeran que la cultura actual buscara valerse por sí misma y no necesitara, no sólo de los modelos de vida de fe que hemos experimentado hasta ahora, sino de la misma vida de fe. Y mientras tanto, son numerosos los hombres y las mujeres de buena voluntad que sufren orfandad y que ven a la institución Iglesia alejada de sus interrogantes y de sus necesidades reales y vitales.

 

EL TIEMPO CULTURAL EN QUE VIVIMOS

Importa, pues, entender en qué tiempo vivimos y cómo situar en él nuestra presencia y nuestra acción pastoral. Me da la sensación de que no tomamos suficientemente en cuenta la hondura y la vertiginosidad del cambio cultural en el que vivimos. Y que por eso mismo no logramos captar el impacto de este cambio sobre nuestra vida de fe. Vivimos, de hecho, inmersos en un movimiento cultural profundo y constante. Nos afecta, en algunos casos, el cambio permanente de paradigmas; y, en otros, la ausencia de los mismos. Es cierto que vemos crecer en nuestra cultura la conciencia histórica. También es cierto que nos invade la ciencia con las nuevas dimensiones que va adquiriendo. Ha tomado nuevas formas la conciencia crítica y su manera de situarse ante la autoridad y la tradición.

De hecho, se va teniendo un nuevo sentido de la tradición. La diversidad cultural y su movilidad tienden a unificarnos, pero en nuestras conciencias siguen manifestándose las dificultades para convivir y compartir entre las diversas generaciones. Esto puede dificultar el diálogo. De ahí que, con frecuencia, las generaciones nuevas se sientan como huérfanas y abandonadas a ellas mismas. Pesa en ellas la ausencia de referentes significativos que revelen el sentido y que acompañen en el caminar de la fe.

Vale la pena preguntarnos, entonces: ¿qué significa todo esto como trasfondo para la vida de fe y como humus para la educación en la fe? ¿Cómo transformar esta realidad multifacética en terreno propicio para el anuncio del Evangelio, para la educación en la fe y para el acompañamiento de las nuevas generaciones cristianas?

 

EL REPLANTEO DE LA ACCIÓN PASTORAL

En este caminar como Catequista me afecta, también, el malestar de cierta acción pastoral. Aparece con frecuencia como desenfocada de la realidad concreta que vive la gente. Ya he dicho que el vocabulario religioso así como ciertas propuestas pastorales no parecen tocar el corazón de lo que se vive. Por eso tengo la sensación, en bastantes casos, de que nuestra acción pastoral no logra iluminar, orientar y sostener la vida de fe. Por eso me parece importante buscar y construir un nuevo planteo pastoral.

Dicho planteo tiene que referirse a sus dos realidades tradicionales. Por un lado, el nuevo contexto cultural en el que se vive la fe y en el que se realiza la pastoral. Señalemos algunos elementos: la importancia de tocar la vida en su realidad concreta; la necesidad de poner a la persona en el centro de la acción pastoral; la necesidad de asumir la vida de fe el contexto de la inestabilidad cultural presente; buscar formas adecuadas para superar el ritualismo y el dogmatismo…

Pero dicho planteo pastoral también tiene que referirse a la acción pastoral entendida desde y para esta nueva realidad cultural. En primer lugar, liberarnos de una cultura de la suposición: constatar y no suponer. Por otro lado, asumir la realidad tal como es y se nos presenta. Esto nos va a llevar a amar la vida en todas sus formas, a promoverla y a apuntalarla. La acción pastoral tiene que manifestar que la vida -toda vida- es sagrada, que todo hombre es persona e hijo de Dios, que todo momento histórico es propicio para el obrar salvador de nuestro Dios. Es cierto que a veces tendemos a seleccionar y a excluir. Sabemos que Dios Padre incluye siempre, sobre todo a los "olvidados" y a los "fragmentados".

 

LA NECESIDAD DE REPENSAR LA INICIACIÓN CRISTIANA

Este tema de la iniciación me parece particularmente importante y urgente al inicio del Tercer Milenio. Siento que va creciendo el desfase entre la realidad cultural que nos envuelve y nuestra manera de entenderla desde la fe. Por eso nos cuesta asumirla desde nuestra condición de creyentes. Pero no podemos quedarnos con los criterios y con las prácticas tradicionales. Por un lado, debemos repensar la iniciación en y para tiempos inestables. No podemos mantener forzosamente los referentes tradicionales de la iniciación cristiana. Tenemos que repensar y reconstruir una nueva relación entre el que inicia y el que es iniciado. También debemos relacionar la iniciación con la comunidad de fe. Se trata, además, de iniciar a generaciones nuevas desde el punto de vista de su comprensión de la vivencia de la fe. A estas generaciones nuevas debemos aplicar lo que hemos expresado más arriba. Porque esa iniciación en la fe tiene que hacerse en comunidad y favorecer la vivencia de experiencias significativas.

 

CONCLUSIÓN

Queda, pues, claro que tenemos en nuestras manos de catequistas y de pastores una tarea delicada y urgente. Bajo ciertos aspectos es tarea inédita. También es una tarea mayor e insoslayable. Creo que dicha tarea tiene que arraigarse en una comprensión cada vez más cuidada e interiorizada del Misterio de la Encarnación. La experiencia humana y de fe de Jesús tiene que ser, para nosotros, una referencia permanente y vital. Dicha experiencia nos tiene que servir para poner nuestras diversas prácticas pastorales en sintonía con lo que vivió Jesús.

Por eso nos hace bien, desde los primeros años del Tercer Milenio, dejar que resuene en nuestros corazones creyentes esta Palabra del Señor: "Saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no saben interpretar el momento presente?" (Lucas 12, 56). Lo que significa, ¿saben interpretar el momento cultural presente? ¿Logran situarse ante él con toda la fuerza que aporta la fe vivida en comunidad?

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