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Vivir en el tiempo

por Hno. Genaro Sáenz de Ugarte
Comunidad La Salle
Gaucho Rivero 1396
5126 Malvinas Argentinas, Córdoba

Siempre recuerdo con alegría la lectura del libro, pequeño pero denso, del Padre Abad Mamerto Menapace, "Dios rico de tiempo". Además de sentir, con su lectura, como una bocanada de aire fresco, su recuerdo me ha ayudado en numerosas ocasiones a situar en el tiempo actual la experiencia tanto de la presencia viva y actuante de Dios como la urgencia del desafío evangelizador.

Dios Padre, que es "rico de tiempo" porque está en todo tiempo invadiéndolo y trascendiéndolo a la vez, parece necesitar nuestro tiempo efímero y fugaz, limitado y abierto, denso y difícil de alcanzar para realizar su obra salvadora.

En Jesús experimentamos que Dios se hace tiempo, entra en nuestro tiempo, lo necesita para realizar su designio de amor. En Jesús constatamos que, de hecho, no puede haber salvación fuera del tiempo. Él, que es la Palabra de Dios, pone de manifiesto que la Revelación del Misterio de Dios necesita nuestro tiempo y nuestros tiempos.

El tiempo es siempre y a la vez, lineal y complejo. El tiempo es, sobre todo, Misterio que es necesario descubrir y asumir. Esto lo podemos constatar y experimentar tanto en la vivencia personal de la fe como en el crecimiento de las comunidades creyentes. El tiempo es ingrediente necesario para nuestra vida de fe. Pero no cualquier tiempo nos permite crecer y madurar en nuestra relación con el Dios Viviente que es el "Dios rico de tiempo". El tiempo es condición necesaria para la interiorización y para la maduración. Por eso, utilizar la expresión "Dios rico de tiempo" es poder decir, también, estas otras expresiones: "Tiempo propicio para la Fe", "Tiempo maduro en la Comunidad", "Tiempo preñado de Dios". Algunos Padres de la Iglesia hablan de la Navidad como del "tiempo que ha madurado", del "tiempo que, porque ha llegado a su plenitud, se abre y se parte en dos", del "tiempo que se expone, se muestra y se entrega para revelar el Misterio".

No podemos vivir fuera del tiempo. Tampoco podemos crecer en la Fe fuera del tiempo. Es de capital importancia, entonces, que integremos el tiempo en nuestra propia experiencia de Fe y en nuestra misión como catequesis. Lograrlo significa que descubrimos y valoramos el tiempo en todas sus dimensiones, que cuidamos todos los "tiempos" en que nos movemos y que nos envuelven, tanto el tiempo personal y comunitario, como el tiempo cultural y eclesial.

En los tiempos de grandes cambios culturales, como son los actuales, los hombres y las mujeres estamos llevados a desconfiar del tiempo. Buscamos, incluso, huir del tiempo presente. Entrar en esta actitud es caer en una tentación muy grave, especialmente para aquellos hombres y mujeres que, como creyentes, han asumido responsabilidades de conducción en la sociedad y de pastoreo en la Iglesia.

Si nuestro Dios está en el tiempo, si Dios Padre asume todos los tiempos, si Jesús nos envía a vivir y a trabajar en la diversidad de los tiempos, podemos decir que para el creyente no hay tiempo malo al que tengamos que temer y del que tengamos que huir. Jesús ha prometido estar con nosotros hasta el final del tiempo, mientras se van acabando unos tiempos y mientras van apareciendo y afianzándose otros (cf. Mateo 28,20). Nuestra experiencia como Catequista nos dice que puede haber tiempos más propicios o menos propicios para encarar la evangelización y la pastoral de una forma determinada. Pero no podemos hablar de que llegó el tiempo de abandonar la misión porque nos toque vivir en tiempos cambiados, distintos y difíciles. Sabemos que hay tiempos de "primavera" para la Misión. Pero también hay tiempos de "invierno" para la educación de la Fe. Por eso es necesario entender y asumir el fluir del tiempo para renovar la Catequesis y la Pastoral.

Todo tiempo, especialmente el tiempo de la misión, exige interiorización y discernimiento. El tiempo está invadido por el Misterio del Amor de Dios Padre. No todos lo entendemos. No todos lo descubrimos. No todos somos capaces de asumirlo. Sin embargo, es así: nuestro Dios ha entrado en nuestro tiempo y le ha dado fecundidad y sentido. La presencia del Misterio en el tiempo, en nuestro tiempo, no depende de nosotros. El Misterio ya está en nuestra vida aunque no lo sepamos descubrir, aunque no lo logremos reconocer. La misión de la Catequesis y de la Pastoral, la Educación en la Fe, la vida de las Comunidades Cristianas tienen por finalidad ayudar a los hombres y a las mujeres de buena voluntad y que se abren al Misterio, a comprender que su tiempo ya está invadido, fecundado y conducido por el Amor de Dios y por su Designio salvador. Y que esto vale para todo tiempo, bueno o malo de acuerdo a nuestros criterios y sentimientos, tiempo personal y tiempo comunitario.

Entender y vivir esto es de capital importancia para los Pastores, sean Sacerdotes o Catequistas. El Señor pone en nuestras manos el trabajo de sondear el tiempo y de discernirlo; de trabajar el tiempo y de hacerlo propicio para que la semilla de la Fe, igual que la del Evangelio, caiga en buena tierra y pueda dar fruto. Los Pastores tienen que amar el tiempo que se les da y que se les confía. Para eso lo tienen que conocer y valorar. También tienen que aprender a discernirlo, tanto con los criterios culturales de la época en que viven como con los criterios del Espíritu. Porque, en el fondo, si creemos que el Espíritu fecunda el tiempo, no hay tiempo malo del que tengamos que huir. Es importante repetirlo cuando constatamos cierta pusilanimidad en asumir el tiempo tal como se nos da en este cambio de cultura.

Todos los Educadores en la Fe, Animadores de Comunidades Cristianas, Catequistas, Sacerdotes..., tenemos que comprender que así como el tiempo tiene un Misterio, también el tiempo tiene su propia densidad, su propia medida. Los Salmos lo subrayan con insistencia: "Señor, revélame la medida de mis días..." (Salmo 90, 12). Decir que poseemos "la medida de nuestros días" es lo mismo que afirmar "que comprendamos, juntos, como Equipo o Comunidad de Catequistas, cuál es la densidad del tiempo presente; las posibilidades que nos ofrece para descubrir lo que hay en su interior; los modos de ayudar a los hombres de este tiempo a no protestar porque no entienden el tiempo en el que viven, a no perderse en la superficialidad y a no evadirse en el individualismo porque no descubren la densidad del tiempo y su Misterio; y sobre todo, cómo ayudar a las nuevas generaciones de creyentes a descubrir el Misterio en su tiempo"...

Creo que esto vale de manera especial para los Catequistas de Adolescentes y Jóvenes. Desde hace ya varias décadas, nuestra sociedad se va secularizando más y más. Culturalmente la opción de fe no se produce en el corazón de las opciones vitales que se toman. Nuestro tiempo cultural se desacraliza más y más. Sin embargo, nuestra sociedad todavía sigue conservando ciertas formas religiosas. Es preciso prestarles atención. Sabemos que pueden ser engañosas si, al vivir lo religioso, carecen de significado para la Vida de Fe. No todo acto religioso promueve y educa la fe necesariamente. Tampoco conduce, necesariamente, a la Comunidad de Fe.

Sabemos que muchos de nuestros jóvenes sufren el vacío de sentido, el vacío de encuentro, el vacío de compromiso... y por eso mismo se refugian en posturas de facilismo y de superficialidad, se evaden del compromiso y de la responsabilidad. Porque nadie asume lo que no entiende ni lo que no ama. La clave de la catequesis y de la educación en la fe no pasa, pues, por el lamento o la protesta: "¡Estos tiempos son malos!"... Pasa por el asumir con seriedad y paciencia el tiempo presente. Pasa por ayudar a vivir la "iniciación" en experiencias nuevas, en actitudes nuevas y en compromisos nuevos con respecto al Dios Vivo, presente en el tiempo.

Creo que, más que en las décadas pasadas, los Educadores en la Fe tenemos que trabajar, de manera inteligente, coherente, paciente y solidaria, en la iniciación de las nuevas generaciones de creyentes. Esta iniciación se apoyará en el discernimiento espiritual del tiempo y en el significado del Misterio del tiempo. Así llegarán a descubrir la Presencia de Dios y de su Misterio en el corazón de su propio tiempo y en el fluir de todo tiempo. De esta manera pondremos bases firmes para la vida de fe de los jóvenes creyentes. Porque ya nos dicen que los tiempos culturales que se avecinan van a ser todavía más complejos y plurales de lo que hemos vivido hasta ahora. Si, gracias a la Catequesis y a la Pastoral, educamos en los jóvenes la actitud de discernir en la Fe la densidad y la medida del tiempo, aseguraremos que la Iglesia del mañana pueda crecer con mayor libertad interior y logre situarse con mayor sabiduría ante las realidades nuevas, muchas veces confusas y problemáticas, que se le van a ir planteando.

¿Qué desear, pues, que vivan los Catequistas, tanto como personas como responsables de la Misión evangelizadora?

Que sepan situarse siempre en el tiempo, en su propio tiempo, en el de sus catequizandos, en el de su Comunidad de Fe, en el de su Parroquia, en el de su Diócesis.

Que sepan descubrir las exigencias del tiempo presente como tiempo mutable. No vivimos ni en tiempos estables ni en tiempos coherentes. Tenemos que realizar la Misión de Catequistas en tiempos complejos y cambiantes.

Que sepan desprenderse de las actitudes propias de tiempos ya pasados y que no corresponden a lo que necesita el tiempo actual, sobre todo el tiempo interior de los catequizandos de hoy.

Que se ayuden mutuamente, en Grupo o en Comunidad, para no evadirse del tiempo concreto al que son enviados y en el que tienen que actuar.

Que se ayuden mutuamente a crecer en la capacidad de discernimiento del tiempo desde el Espíritu, con la Palabra y para la Comunidad de Fe.

Que tomen los medios para crecer en interioridad personal, en vida de oración y en capacidad de discernimiento en el Espíritu.

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