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El Jesús en quien creemos

por Gerardo Daniel Ramos SCJ
Parroquia San Roque
Arsenio Salazar 1185 4200 S. del E.

Un día, después de un cierto derrotero por su ministerio público, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dicen ustedes que soy yo?" (Mt 16,16). Esta pregunta sobre Jesús es la que la Iglesia ha querido responderse inspirada por el Espíritu Santo y apoyándose en lo que el mismo Señor había dicho de sí a través de palabras y gestos intrínsecamente ligados (Constitución sobre la 'Divina revelación' 2).

Pregunta que partiendo de lo humano reflejado por el nazareno termina encontrándose con su misterio divino resplandeciente sobre todo en su condición de resucitado; respuesta que siendo clara afirmación de fe en el Hijo de Dios, no podrá desestimar ningún aspecto de lo humano plenamente presente y asumido en el Hijo del hombre, y particularmente patente en el dramatismo de su cruz. Pregunta y respuesta cuyo alcance la Iglesia fue comprendiendo de a poco a lo largo del tiempo incluso a través de concilios entre los cuales sobresalen los ecuménicos de Nicea (325) y Calcedonia (451)-, confrontando su propia experiencia de vida y fe postpascual con la historia concreta de Jesús.

Así fue descubriendo y creyendo, proclamando y testimoniando, que el Hijo de Dios consustancial al Padre según la divinidad es simultáneamente y en una misma persona -una de la Trinidad, junto al Padre y al Espíritu Santo- consustancial al hombre según su naturaleza humana; que aquél que es Luz de Luz y Dios de Dios desde antes de todos los siglos (cf Credo niceno-constantinopolitano) es también el que asume radicalmente el camino del hombre desde su entrada en el mundo (por su encarnación y nacimiento) y el que permanece en actitud de humilde y misericordioso anonadamiento hasta la muerte y muerte en cruz.

El Santo de Dios, el Ungido, el Mesías Rey y Señor es el que no obstante su condición divina (=abiertamente reconocida por el Padre como 'filiación' en su bautismo [Mt 3,17] y transfiguración [Mt 17,5]) vive como cualquiera de nosotros en todo menos en el pecado; nos da a conocer con su predicación (=enseñanzas y parábolas) y gestos salvíficos (=especialmente curaciones y exorcismos) el amor de Dios; y, desde ese estado de kénosis como Salvador absoluto (K.Rahner), nos convierte en nuevas criaturas (Gal 6,15) de una nueva creación (cf Ap 21,1).

Ese Jesús que un día en la sinagoga de Nazaret había leído el profeta Isaías ("El Espíritu del Señor está sobre mí... Me envió a evangelizar a los pobres, a liberar a los cautivos..., a anunciar un año de gracia del Señor" [Lc 4,16ss]) y había dicho "hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír" (v.21), era consciente de que con él irrumpía el profeta escatológico (=definitivo), y que todo su ministerio constituía un progresivo y definitivo adentramiento de Dios en la historia humana: "Hoy les ha nacido el Salvador" (Lc 2,11); "hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lc 19,9); "hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43). 'Hoy' que la Iglesia continúa celebrando litúrgicamente en cada Eucaristía y buscando actualizar y actuar en su vida cotidiana.

Frente a esta presencia nueva e inédita del 'Dios con nosotros' hay que adoptar una postura clara, generosa y vigilante: permaneciendo con las lámparas encendidas (Mt 25,1ss), manteniéndose atentos cuando no se sabe el día ni la hora de su regreso (Mt 24,45ss), cultivando la viña con la que él se identifica (Mt 20,1ss), haciendo producir los propios talentos con audacia (Mt 25,14ss) y practicando el amor hacia los más pequeños (Mt 25,31ss).

Así la pregunta por la identidad de Jesucristo es simultáneamente la pregunta por el hombre: en el 'hoy' de la salvación, "Cristo revela el hombre al hombre" (GS 22), uniéndose y haciendo camino misteriosamente con cada representante del género humano, con cada pueblo y cultura. Esta revelación coincide con la capacidad que el hombre sumergido en Cristo descubre de estar llamado a vivir en ese mismo amor con que Cristo es amado por el Padre y que prolonga y concreta "hasta el extremo" (Jn 13,1)- en cada uno de nosotros en orden a una más plena dignificación del hombre. Amor que vivió incluso 'sin brillo' en el anonimato de Nazaret junto a los suyos (cf Lc 2,51-52), y que 'hoy' aguarda recibir en los pobres con los cuales se identifica (cf Mt 25,31ss), a los cuales sirvió preferencialmente durante su ministerio público (cf Mt 11,4ss) y en los que 'hoy' oculta su gloria (cf Mt 25,40).

Hasta su definitiva manifestación al final de los tiempos, Jesucristo camina con los hombres de toda raza, lengua y nación, a veces explícitamente reconocido y testificado (cf Lc 24,34), otras implícitamente presente en sus vidas (cf Lc 24,32), y otras casi absolutamente proscripto en sus estructuras y juicios de pecado e injusticia (cf Jn 9,41).

La misión de la Iglesia es la de promover el encuentro de cada hombre con él para que tenga familiaridad con el misterio de la Redención (cf Redentor de los hombres 10), como lo hizo la madre de Jesús al visitar a Isabel (cf Lc 1,39ss) o al pedirle a los sirvientes de las bodas de Caná que hicieran lo que él les dijera (Jn 2,5).

En este encuentro con él para caminar desde él (Comenzando el nuevo milenio III) (=desde una configuración propia de discípulo), hacia los hombres y mujeres de nuestro 'hoy', está la vida verdadera. En dejarnos enseñar por este Maestro, servir por este Señor (cf Jn 13,13) y apacentar por este Pastor (cf Jn 10,14), se va anticipando el Reino, cuya causa y advenimiento fue el motivo último de la actividad pastoral de Jesús, y cuya consumación coincidirá con la plena manifestación de los hijos de Dios.

Este reino ya se hace anticipadamente presente en nuestro mundo porque él es su alfa y omega, su principio y fin (cf Ap 1,8.17). Y porque él vive -como primogénito de la creación y Cabeza del cuerpo (Col 1,10.18)- intercediendo en favor de los hombres como Sumo Sacerdote de la nueva y definitiva alianza (cf Teología Hebreos); para que después de peregrinar construyendo la historia, la humanidad purificada y transfigurada pueda entrar -por Cristo y en su Espíritu- en el descanso de Dios que él tiene preparado para aquellos que lo aman en su Hijo amado.

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