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Celibato sacerdotal en el rito latino: una disciplina controvertida

por Rodlfo Canitano

 

Los creyentes debemos respetar y apreciar el «celibato por el Reino» como una genuina herencia espiritual del cristianismo. No po-dría ser de otra manera frente al ejemplo de Jesús quien decidió adoptarlo, para dedicarse con total plenitud a su misión redentora.
Tras los pasos del Nazareno, no han faltado ni faltarán abnegados discípulos que, bajo el impulso de una gracia divina muy especial, resuelvan vivir igual que él, con el afán de obtener más frutos en la sostenida lucha espiritual.
El sacerdocio, por su parte, es un estado de vida que, a los ojos de la comunidad de los fieles, dignifica a quien lo asume. Porque se trata de un ministro sagrado que, en nombre de Cristo, debe desempeñar el rol de mediador entre Dios y las criaturas, y dedicar sus fuerzas a la salvación de sus hermanos los hombres, además de la suya propia. Si es grande la dignidad, debe ser mayor aún la responsabilidad de servicio.
Se requiere asimismo una especial gracia de lo alto para que alguien, después de una madura reflexión y de una concienzuda decisión, intente acceder al sacerdocio, supuesta la correspondiente aceptación eclesial.
Celibato y sacerdocio, aunque pueden marchar estrechamente relacionados entre sí, no son necesariamente inseparables, pues representan dos vocaciones diferentes y autónomas.
Jesús no exigió el celibato como condición para el sacerdocio. Efectivamente eligió a sus apóstoles entre personas solteras y casadas, sin discriminación alguna. Ni tuvo ningún reparo en designar a Pedro, que estaba casado, como cabeza del grupo.
En la Iglesia primitiva, desde su mismo origen, según se ve, la presencia de ministros casados era general, común y corriente, aunque también se aceptaba a candidatos que, por propia y personal decisión, adoptaban el celibato como sistema de vida.
Esta diversificada situación se mantuvo siempre inalterable en el cristianismo oriental, y perdura hasta nuestros días, incluso para el clero de rito griego que mantiene su obediencia al Papa.
Sin embargo, la Iglesia Romana, desde la antigüedad –por diversos motivos–, se mostró siempre propensa a que todos los clérigos se ajustasen a la práctica obligatoria del celibato. Consiguió que ese criterio disciplinar fuese efectivamente aplicado en una de-terminada zona del occidente cristiano en virtud de lo establecido por el concilio regional de Elvira (España). No se obtuvo el mis-mo resultado en el concilio de Nicea.
En es-ta ciudad fue convocado el primer concilio ecuménico o universal de la Iglesia (año 325). En sus sesiones fue rechazada la mo-ción de imponer la obligación del celibato a todos los clérigos en cualquier parte del mundo. Pero, con el andar del tiempo, Roma tuvo la oportunidad de dictar la vigencia de su proyecto de celibato obligatorio con respecto a todo el clero perteneciente al rito latino. Y ésa es en la actualidad la situación en que se encuentran los ministros de nuestra Iglesia, excepto los diáconos permanentes que pueden ser célibes o casados.
Y, como suele acontecer con las realidades en que intervienen los humanos, el celibato obligatorio (en el sentido de «no opcional») ha ocasionado ventajas e inconvenientes. Más aún, no faltan serios observadores que no ven reparos en afirmar que han sido más los inconvenientes que las ventajas.
Desde muy antigua data se extienden e intensifican, entre el público, amargos reproches y quejas, y desencantadas vivencias, respecto de este punto de la disciplina clerical. Es cada vez mayor el número de católicos preparados y responsables que, a la Iglesia, la sienten de corazón y, por lo mis-mo, plantean una amplia serie de interrogantes, en la espera de respuestas y soluciones acordes a las exigencias de los tiempos.
Estos sinceros creyentes se desorientan a veces frente a declaraciones, actitudes y medidas que, por un lado, parecen intransigentes, rutinarias y reacias a los legítimos cambios, y por otro lado se muestran utilitarias, acomodaticias o ambiguas…
Si Cristo no obligó al celibato a los que serían sacerdotes, ¿por qué –se preguntan– ese afán de la Iglesia por mantener a toda costa tal disciplina? ¿Cómo se entiende que sea una condición sine qua non para los aspirantes al sacerdocio en el rito latino y que, en cambio, no lo sea para el rito oriental? Uno y otro sector, ¿no son acaso integrantes de una sola y misma Iglesia Católica? ¿Por qué habría que impedir a un cristiano, de probadas cualidades, acceder al sacerdocio –que es de suyo un servicio público y comunitario, de suma importancia y urgente necesidad–, por la única razón de que, al no sentirse dotado del carisma del celibato, optó oportunamente por formar un hogar? ¿Será razonable retener la vocación sacerdotal rígidamente atada al celibato –que es una gracia muy especial, o sea, para pocos–, cuando nos consta de la existencia de muchos casados, de vida ejemplar y con suficiente aptitud para desempeñar dignamente el ministerio del altar, al lado de sus hermanos presbíteros que optaron por la vida célibe?

Sería ésta una aceptable manera de complementar y reforzar las filas de nuestro clero, y poner de manifiesto al mismo tiempo la plena libertad de sus miembros en la decisión vocacional (sacerdocio con celibato o sacerdocio con matrimonio)

 

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