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Editorial
Porque tuve hambre ...

por María Inés Casalá

 

«¿Que aquí pueden morir 150.000 niños, como advierte el Unicef? ¿Y a quién le importa? Como si mueren millón y medio. Es algo que no le va a quitar el sueño a nadie. Son cifras frías, estadísticas que hablan de criaturas desconocidas, sin nombre ni rostro». Quien pronuncia estas palabras desgarradas es Angel Olarán, un misionero español de 70 años que trabaja en soledad en el Tigray, una de las regiones etíopes donde la miseria es más profunda (Página12, 27 de julio de 2008). Miles de africanos desnutridos hacen cola para ser atendidos por médicos de frontera. Lamentablemente, una foto que resulta familiar.
¡Hace cuántos años que vemos lo mismo! ¿Durante cuántos años más lo tendremos que ver?
Tengo que reconocer que me siento totalmente ignorante respecto a las posibles soluciones al problema del hambre. ¿Cómo puede ser que en un mundo en donde se produce comida suficiente para todos, alguien muera de hambre? No me entra en la cabeza. Intento y no puedo comprenderlo. Leo notas acerca de reuniones de gente importante y de países superpoderosos que hablan acerca del hambre, los precios de la comida y varias cosas más y sigo sin comprender. A veces intento pensar sólo en forma práctica, sólo teniendo en cuenta los intereses de los que más tienen, sean personas, países o regiones. ¿No sale más barato alimentar, dar agua potable y vacunas a quiénes lo necesitan que tener que soportar hospitales atestados de gente con enfermedades derivadas de la alimentación o transmitidas por falta de cuidados y educación?
¿No sale más barato dar trabajo que seguir haciendo cárceles y tener cada vez más policía y gastos de seguridad? ¿No conviene romper con el círculo: pobreza -desnutrición- bajo desarrollo in-telectual -poca capacidad de progreso y de trabajo -pobreza…?  «La Organización Mundial de la Salud en un reciente informe de su Programa de Nutrición explica que el retraso en el crecimiento de los niños afectados por la indigencia -y la ma nutrición proteico energética- es simplemente una manifestación más de un síndrome de afectación general del desarrollo físico y mental. El retardo en el crecimiento se produce en los primeros tres años de vida y permanece la vida entera. Estos niños tienen afectado su desarrollo cognoscitivo, con trastornos del lenguaje y del desarrollo motor, de la coordinación, bajo rendimiento escolar», sostiene la OMS (Cáritas Argentina, marzo de 2003, Desnutrición en la Argentina. Característi-cas y diagnóstico de la desnutrición en Argentina).
¿No sería más conveniente para todos que la gente no viva en medio de la basura adquiriendo enfermedades que se creía que habían desaparecido? Pienso esto sólo desde el lado económico y tampoco lo entiendo. Ahora, si lo pensamos como buenas personas, menos puedo aceptarlo. Y, si lo pensamos como cristianos, me parece un disparate total. Quizás algún lector de Diálogo pueda instruirme en estos temas.
Jesús no tenía un lugar donde reposar su cabeza, porque había elegido esta vida de ir de un lugar a otro. Sin embargo, en algún lugar descansaba, comía y se reunía con sus amigos. Siempre que reflexiono acerca del nacimiento de Jesús pienso que Dios eligió a una mujer humilde, que vivía en un pueblo común y que seguramente trabajaba como las mujeres de su época. Sin embargo, Jesús no nació en una humilde casa de Nazaret, sino en un establo, entre los animales. A los chicos, en el jardín, les digo que José buscó las pajitas más limpias y armó una hermosa camita para que naciera Jesús, pero, como madre, no hubiera deseado eso bajo ningún punto de vista para parir un hijo.
¿Cómo llegó María ahí? Las personas le cerramos la puerta de las casas que golpeaba. Y lo digo así, en primera persona del plural, porque si hubiera estado allí, quizás también hubiera mandado al Salvador a nacer en un establo.
La pobreza es una cosa y la miseria, otra.
Hay algo que me preocupa especialmente. La desnutrición en los niños afecta su desarrollo cognitivo para siempre. Estos chicos están condenados a una vida de miseria. Muchos de esos chicos, hoy ya son padres, duermen en las estaciones de tren, en las plazas y piden moneditas en los subtes junto a sus hijos. Todavía se escuchan voces de gente que dice por qué no van a trabajar, cómo puede ser que tengan a sus hijos en esas condiciones, son todos vagos…
Quizás deberíamos pensar qué puertas les hemos cerrado para siempre y cómo vamos a construir una sociedad que, de alguna forma, le de a esas personas condenadas a la cadena de pobreza, una vida más digna. Una vida plena de hijos de Dios.

 

 

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