Diálogo
  Cat. en la diversidad
  Didascalia
 Tarjetas digitales
 Foros
 Chat por temas
 Libro de visitas
 Mapa del sitio
 Quiénes somos
  Escríbanos
  




Escriba su e-mail
para recibir gratis
los nuevos recursos.

  

Buenas Nuevas es un
sitio católico dedicado
al anuncio del Evangelio.

Director: Marcelo A. Murúa


Home Cursos a distancia RecursosRevistasLibros 
  Ud está en Revistas / Diálogo...

Envíe esta página
a sus conocidos

 

Grabe un archivo Word
de esta página

 

Ver el próximo artículo de Diálogo

 

Conozca la sección Catequesis

 

Comentarios
y sugerencias

 

   

Cursos Bíblicos Pastorales
por internet


Conozca nuestra sección de cursos bíblicos a distancia por internet.

Reciba el material en su computadora y estudie en su casa en sus tiempos libres.

Ir a sección Cursos

 

 

Enviar a sus amigos

Espiritualidad del Catequista
Cuentos para reflexionar nuestra vocación de catequistas

por Marcelo A. Murúa

 

Los Catequistas que forjaron nuestra fe

¡Qué bueno es recordar a quienes nos formaron en la fe! Quienes, con su ejemplo, su cariño, su testimonio, fueron sembrando en nuestras vidas la semilla de nuestra vocación de Catequistas.
El cuento que compartimos hoy nos ayudará a recordar a aquellas personas que forjaron nuestra fe y nos invitará a dar gracias a Dios por ellas y ellos.

 

Cuento “Los dos paraísos”
De Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Ed. Patria Grande.

 

En el patio de tierra de mi casa había dos grandes paraísos.

De chico nunca me pregunté si ellos también habrían nacido, crecido, o sido trasplantados.

Simplemente estaban allí, en el patio, como estaban el cielo las estrellas, la cañada en el campo, y el arroyo allá dentro del monte. Formaban parte de ese mundo preexistente, de ese mundo viejo con capacidad de acogida que uno empezaba a descubrir con asombro.

Eran lo más cercano de ese mundo porque estaban allí nomás, en el medio del patio, con su ancho ramerío cubriéndolo todo y llenando de sombra toda la geografía de nuestros primeros gateos sobre la tierra.

Ellos nos ayudaron a ponernos de pie, ofreciéndonos el rugoso apoyo de su fuerte tronco sin espinas. Encaramados a sus ramas miramos por primera vez con miedo y con asombro la tierra allá abajo, y un horizonte más amplio alrededor.

Los pájaros más familiares, fue allí donde los descubrimos. En cambio los otros, los que anidaban en la leyenda y en el misterio de los montes, los fuimos descubriendo mucho después, cuando aprendimos a cambiar de geografía y a alejarnos de la sombra del rancho.

Fue en ellos donde aprendimos que la primavera florece. Para setiembre el perfume de los paraísos llenaba los patios y el viento del este metía su aroma hasta dentro del rancho. No perfumaban tan fuerte como los naranjos, pero su perfume era más parejo. Parecía como que abarcara más ancho. A veces, un golpe de aire nos traía su aroma hasta más allá de los corrales.

También  nos enseñaron cómo el otoño despoja las realidades y las prepara para cuartear el invierno. Concentrando su savia por dentro en espera de nuevas primaveras, amarilleaban su follaje y el viento amontonaba y desamontonaba las hojas que ellos iban entregando.

En otoño no se esperaba la tarde del sábado para barrer los patios. Se los limpiaba en cada amanecer.

¡Cuántas cosas nos enseñaron los dos viejos paraísos, nada más que con callarse!

Fue apoyados en sus troncos, con la cara escondida con el brazo, donde puchereamos nuestros primeros lloros después de las palizas. Allí, en silencio, escuchaban el apagarse de nuestros suspiros entrecortados por palabras incoherentes que puntuaban nuestras primeras reflexiones internas de niños castigados. Y en el silencio de sus arrugas, guardaron junto con nuestros lagrimones esas primeras experiencias nuestras sobre la justicia, la culpa, el castigo y la autoridad.

Y luego, cansados  de una reflexión que nos quedaba grande y agotada nuestra gana de llorar, nos alejábamos de sus troncos y reingresábamos a la euforia de nuestros juegos y de nuestras peleas.

Cuando jugábamos a la mancha, transformaban su quietud en la piedra del “pido” que nos convertía en invulnerables. Y en el juego de la escondida escuchaban recitar contra su tronco la cuenta que iba disminuyendo el tiempo para ubicar un escondite. Y luego eran la meta que era preciso alcanzar antes que el otro, para no quedar descalificado. Ellos participaron de todos nuestros juegos y fueron los confidentes de todos nuestros momentos importantes.

Escondidos detrás de sus troncos, nuestra timidez y viveza de chicos de campo espiaba a las visitas de forasteros, mientras escuchábamos nuevas palabras, otra manera de pronunciarlas y nuevos tonos de voz, que luego se convertían en material de imitación y de mímica para las comedias infantiles en que remedábamos a las visitas. Así fue como aprendí la palabra “etcétera”, que me causó una profunda hilaridad, y que al repetirla luego a cada momento y para cualquier cosa, nos hacía reír a todos en la familia. En mi familia siempre producían hilaridad las palabras esdrújulas.

Al llegar la noche, todo nuestro mundo amigo se atrincheraba alrededor de los paraísos. El farol que se colgaba de una de sus ramas creaba una pequeña geografía de luz que era todo lo  que nos pertenecía en este mundo. Más allá estaba el reino de la noche desde donde nos venían los gemidos de las ranas sorprendidas pro las culebras; y hacia donde los perros hacían rápidas salidas para defender nuestro reino sitiado. Desde la noche sabía llegar hasta nuestro puerto de luz algún forastero o algún amigo náufrago de las sombras que había logrado ubicar el faro de nuestra lámpara suspendidas de las ramas de los paraísos. Desde lo más hondo de la noche remaban hacia la lámpara miles de insectos: las luciérnagas describían amplios círculos de luz alrededor de los paraísos, y a veces volvían a hundirse en la inmensidad sideral de la noche como pequeños cometas de nuestro pequeño sistema solar. Otras veces, encandiladas por la luz del farol, terminaban en nuestras manos llenándolas de todo eso misterioso que brilla en las noches.

Cuando me vine hacia el sur, la imagen de los paraísos vino conmigo, y conmigo fue creciendo al ritmo de mi propio crecimiento. Los veía simplemente como parte de mi propia historia.

Al volver luego de unos años, me impresionó ver nuevamente a mis dos viejos paraísos familiares. Sí. Eran los mismos: ocupaban el mismo sitio; los aseguraban las mismas raíces y los identificaba por las mismas arrugas de sus troncos amigos.

Y sin embargo me parecieron más pequeños. Cierto: la cabellera de sus copas había raleado, y tal vez sus ramas ya no fueran  tan flexibles. Pero fundamentalmente habían quedado iguales; idénticos. No fue por haber cambiado por lo que me resultaron más pequeños. Yo diría que fue mi relación con ellos lo que había crecido, lo que me daba de ellos una visión distinta.

Quizá no es que los viera más pequeños; sino que ya no me parecían tan altos, ni tan ancha su sombra, ni tan difíciles de subir, ni tan imprescindibles dentro de la geografía del mundo que me tocaba habitar. Mientras tanto, yo ya había conocido otros árboles grandes, importantes, útiles o amigos, y a lo mejor había adornado inconscientemente con esas dimensiones prestadas a mis dos viejos paraísos familiares.

Ahora, al verlos en su realidad concreta, desmitizados de mis adornos fantasiosos, comencé a darme cuenta de sus auténticos límites, de la dimensión concreta de sus ramas. Podría decir que casi afloró a mi conciencia un descubrimiento:

“Mis dos viejos paraísos también tenían su historia.”

Historia personal, intransferible. Su existencia no era sólo relación conmigo. También ellos habían nacido en alguna parte, habían tenido su historia de crecimiento, para luego ser trasplantados juntos y compartir la  historia de un mismo patio. El estar allí, el compartir su vida con nosotros, su sombra y el ciclo de sus otoños y primaveras, era el resultado de decisiones que bien hubieran podido ser distintas, y con ello totalmente otra mi propia historia y mi geografía personal.

Me di cuenta de la tremenda responsabilidad de sus decisiones; cosa que ningún otro árbol había tenido, ni jamás podría tener en mi vida.

Y pienso que, si hoy todo árbol es mi amigo, esto se debe a la calidez de amigo que supe encontrar allá en mi emplumar, en aquellos dos paraísos familiares. Ellos dieron a mis ojos, a mi corazón y a mis manos, esa imagen primordial que trataría de buscar en cada árbol luego en mi vida.

Insisto. Esto lo empecé a ver y a comprender cuando desmiticé a mis dos viejos paraísos de todo lo que no era auténticamente suyo. Cuando comprendí que también ellos tenían unas dimensiones concretas y relativamente pequeñas; cuando les descubrí sus carencias y cuando supe que su existencia almacenaba, como la mía una cadena de decisiones personales, y no un mero sucederse de preexistencias sin historia. Cuando me di cuenta de que tenían menos dimensiones de las que yo me imaginaba, y más méritos de los que yo suponía.

Hoy aquel patio familiar existe sólo en mi recuerdo. Los dos paraísos han dejado en pie dos grandes huecos de luz. Buscando sus copas mis ojos miran para arriba y se encuentran con el cielo.

No han muerto. Y pienso que no morirán nunca, porque rama a rama se van quemando en el fogón familiar, y de cada astilla que se ha vuelto ceniza se ha liberado la tibieza que calienta nuestros inviernos. Y sus troncos rugosos se han vuelto tablas de la mesa familiar que nos seguirá reuniendo a los hermanos distantes para compartir el pan.

 

Para reflexionar el cuento en forma personal y comunitaria

Preguntas para pensar en el cuento:

  • ¿Qué se describe en el relato?
  • ¿Qué recuerdos se entrelazan en el relato?
  • ¿Qué cambio experimentó el autor, en relación a estos dos árboles?
  • ¿Qué descubrió?
  • ¿Qué reflexiona el autor, contemplando esta historia, parte de su vida?

Preguntas para pensar en la misión del Catequista:

El cuento nos puede ayudar a reflexionar sobre las personas que nos han ayudado a crecer en nuestra vida de catequistas.
¿Puedes recordar, como lo hace el autor con sus paraísos, personas que te hayan "marcado" en tu vocación personal?
Intenta recordar una o dos… Recorre en tu memoria las situaciones compartidas… Recuerda los valores que te han enseñado, las experiencias que te han transmitido…
Compartir estas historias.
El autor aprende a valorar más a sus dos paraísos, cuando él mismo cambia, crece, madura, y aprende a reconocer a los dos árboles en lo que verdaderamente son y no en la imagen que él se había hecho de ellos.
¿Cómo puedes relacionar con tu vida ese aprendizaje?
¿Y con las personas que te han "marcado" en tu vida?
¿Qué aprendes de este cuento para tu vocación y misión de catequista?

Oración para rezar nuestra vocación de Catequistas:

Gracias por tantas personas

Señor,
gracias por tantas personas
que has puesto en mi camino.
Gracias por su presencia
que me ha permitido crecer.
Gracias por sus enseñanzas,
que me han ayudado a vivir.
Gracias por su recuerdo,
que me devuelve la tibieza de su abrazo
y me susurra al corazón
que cada uno de ellos
fue un pequeño espejo
de tu gran amor.

                         - Gracias Señor -

 

Enviar a sus amigos

 

 

2008 Año de la Palabra de Dios
Publicaciones Bíblicas Semanales
para Lectura Orante de la Biblia Ciclo A 2007-2008

Dios nos habla hoy

Jesús Nuestro Amigo

 

Conozca las Publicaciones Bíblicas Semanales que BuenasNuevas.com
ofrece para todas las comunidades de habla hispana.

Ya están disponible el año litúrgico Ciclo A 2007-2008 completo.

Para leer, reflexionar y orar la Palabra de Dios.

Acceda a las muestras gratuitas de ejemplares del Pentecostés 2007
de ambas publicaciones para probarlos en su comunidad.

Haga click y grabe las dos publicaciones bíblicas para Pentecostés

 

Curso para Catequistas a distancia
Conozca esta oportunidad de actualizarse y crecer en su fe para mejorar su misión pastoral.
7 diócesis de Argentina, cerca de 100 colegios de Argentina y México y decenas de parroquias en Argentina y varios países de América Latina están trabajando con este curso.

 

Copyrigth © Buenasnuevas.com 2008