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La parábola de los dos cimientos: practicar la Palabra

por Ricardo Stirparo y Horacio Prado

 

«Cree en lo que lees, enseña lo que crees, practica lo que enseñas». Con estas palabras el obispo le entrega la Palabra de Dios a los nuevos diáconos que se ordenan. También son palabras que podemos hacerlas propias todos los que formamos el pueblo de Dios y queremos seguirlo viviendo la propuesta de vida que nos ofrece su Palabra. Entrados en el tercer milenio y con un descreimiento general sobre la palabra, las promesas y los mensajes sociales, más que nunca se hace imperioso que vivamos la Palabra, que nuestras vidas hablen por si mismas y que en nuestra manera de vivir llevemos el Mensaje de esperanza y salvación del Evangelio.

 

1º momento: Motivación
Para presentar el tema que trabajaremos con el grupo, les ofrecemos un cuento de nuestra autoría (es conveniente que el catequista o coordinador lea en voz alta el cuento y cada participante tenga una copia en su mano).

En aquellos tiempos, Jesús llegó a un pequeño pueblo de Judea; allí sanó a numerosos enfermos y predicó con mucho poder la Palabra de Dios. Entre la multitud que lo escuchaba había tres hermanos que habían quedado especialmente impactados por sus palabras. Jamás nadie les había hablado así. Aquellas palabras abrieron surcos de vida en sus corazones. Experimentaron un renacer. Los embriagó una alegría indescriptible, y sintieron que sus días se llenaban de sentido. No tuvieron otro deseo que estar cerca de Aquél que les había hablado con palabras que marcaron como un fuego su interior.
Se presentaron a Jesús y quisieron seguirlo, pero el Maestro les dijo:
–Quédense en el pueblo viviendo y enseñando la Palabra que recibieron. Procuren que la semilla de la Palabra de Dios sembrada en ustedes dé frutos duraderos. Sean fieles a la Palabra que han recibido y el próximo año, vayan a Jerusalén, allí me verán.
Jesús se despidió, dándoles un fuerte abrazo a cada uno. Les recordó la misión encomendada y la promesa del reencuentro.
Los hermanos entendieron que realmente Dios había visitado sus vidas, y que jamás podrían olvidar las palabras de Jesús. Sin perder tiempo, cada uno se lanzó al cumplimiento de la misión que se les había confiado.
El hermano mayor memorizó las palabras y, por temor a olvidarlas, las puso rápidamente por escrito. Sin olvidar nada, completó tres pequeños rollos de papiro que tenían como título «La Palabra de Jesús». Razonó, especuló y teorizó sobre aquellas Palabras y encontró oportuno escribir sus comentarios que, en pocos meses, llenaron diez rollos de papiro. Ahora ya estaba listo para su misión: «enseñar a otros el mensaje». Iba y venía a la plaza del pueblo leyendo largamente sus comentarios, que cada vez eran «enriquecidos» con nuevas especulaciones. Los intelectuales del pueblo, que eran los que podían escucharlo, estaban intelectualmente interesados. Esto le dio una gran satisfacción al hermano mayor, que ya había escrito dieciocho rollos pero no podía recordar donde había guardado los tres primeros.
El segundo de los hermanos, tenía el corazón ensanchado por aquellas, todavía frescas Palabras de Jesús. ¡Qué hermosas Palabras! ¡Logran despertar los sentimientos más nobles que hay en el hombre! Y todas las noches se sentaba bajo las estrellas y suspiraba con el recuerdo de aquella predicación de Jesús. Al cabo de un tiempo recordó su misión, y él también escribió el mensaje que había recibido, pero para hacerlo aún más hermoso a los oídos, lo hizo en forma de poesía. Así sería más atractivo para todos aquellos que en el pueblo iban a escucharlo. Claro que algunas palabras tuvieron que ser sustituidas para lograr la rima. Así por ejemplo, «prójimo» era muy difícil de rimar y desapareció. También suprimió «último», «misericordia» y «servicio» entre otras.
Finalmente resultó un hermoso poema que recitaba todas las tardes y las noches de luna entre sus amigos del pueblo, que no dejaban de elogiarlo por el logro poético.
Por último el menor, impulsado por las palabras del Señor, se dedicó a visitar y consolar a los enfermos, predicó el mensaje a las prostitutas, a los estafadores, y a los presos. Dio sus tierras y enseño cómo trabajarla a los más pobres del pueblo. Se sentó a la mesa de los hambrientos y algunas veces compartió el pan y otras veces compartió el hambre. Fue como un hermano para los que eran despreciados en el pueblo.
Los meses pasaron y pronto llegó el día en que debían ver a Jesús en Jerusalén.
El hermano mayor tomó la delantera. Levantándose temprano, recogió el «fruto» de sus dieciocho rollos que ampliaban, profundizaban y porqué no decirlo, completaban las «Palabras de Jesús». Hinchado de orgullo, emprendió su camino.
Un poco más tarde, el segundo hermano tomó su mensaje poético que había mandado a escribir con una caligrafía especial y en un papel de alta calidad, con el propósito de regalárselo al Maestro.
El último en emprender el camino fue el hermano menor, que había estado por la mañana, ayudando a su vecino a buscar una oveja extraviada.
Camino a Jerusalén un hombre había sido asaltado y golpeado por unos ladrones. El primero en pasar fue el hermano mayor que estaba tan absorto repasando en su mente cada una de las palabras de sus logrados rollos, que ni lo vio y siguió de largo.
Más tarde pasó el hermano poeta. Caminaba a paso acelerado, ansioso de poder ver a Jesús y recitarle su bella poesía. Vio al moribundo, pero pensó que justamente ese día nada era tan importante como ir al encuentro de Jesús, y siguió su camino.
Luego pasó el hermano menor. Vio al malherido y se conmovió. Se detuvo a curar sus heridas y lo llevó hasta un albergue y se quedó el resto del día a su lado, cuidándolo hasta que recuperase las fuerzas.
Los otros dos hermanos llegaron a Jerusalén, pero no encontraron a Jesús. Aguardaron el resto del día, la decepción había ganado sus corazones y emprendieron el regreso. Cuando llegaron al pueblo, los vecinos conversaban en la calle.
Allí se enteraron lo que la gente comentaba, que el mismo Jesús había sido asaltado y golpeado camino a Jerusalén.
Los hermanos se miraron, lloraron amargamente y recordaron las Palabras de Jesús: «Si son fieles a mi Palabra, me verán...»
Desde entonces junto al hermano menor, no dejaron de ofrecer su ayuda a todos los que la necesitan.

En grupos compartiremos el cuento guiados por las siguientes preguntas:

1. ¿Qué título le pondrían a esta historia y por qué?
2. ¿Cómo resumirían el mensaje de este cuento?
3. ¿Qué actitudes del hermano mayor, puedo encontrar en mí y en mi grupo?
4. ¿Cuándo somos como el hermano poeta?
5. ¿Qué actitudes del hermano menor encontramos entre nosotros?
6. ¿Qué significa para nosotros ser fieles a la Palabra?

Puesta en común de lo trabajado con el cuento

Segundo  momento: Iluminación con la Palabra
Anuncio de la parábola de los dos cimientos, que podemos encontrar en Lc. 6, 46-49 o en Mt. 7, 24-27.

Para profundizar el mensaje de la parábola, proponemos un momento de reflexión personal, guiados por la siguiente ficha:

 

Tercer momento: Reflexión grupal

Luego de compartir la reflexión personal guiada por la imagen de la casa y los cimientos proponemos mirar y reflexionar sobre la realidad del grupo. A la luz de la parábola, en un diálogo sincero, compartiremos aquellas situaciones de la vida del grupo que están cimentadas sobre la Palabra y aquellas que aún no.
Realizaremos, con la síntesis de lo dialogado, el siguiente cuadro:

La vida del grupo a la luz de la parábola

Sí a la Palabra (roca)


No a la Palabra (arena)


 

 

Cuarto momento: Oración final

Para cerrar el encuentro invitamos a una oración espontánea donde le pedimos al Señor que renueve nuestra decisión de construir nuestra vida sobre la roca del Evangelio.

«Cuando me llegaban tus palabras, yo las devoraba. Eran para mí, gozo y alegría del corazón» Jer. 15-16

 

 

 

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