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Editorial
Ser maestro

por María Inés Casalá

 

Cuando era pequeña, la mayoría de los chicos no iba al Jardín, especialmente, si la madre no trabajaba fuera de casa o si había hermanos con quién jugar. Por eso, lo que recuerdo de mi primer día de clase, es que una vez, mi mamá me puso un uniforme y me dejó en un patio repleto de gente. Mi imagen de ese mañana es estar rodeada de un mar de polleras azules y monjas vestidas de negro, inmensamente altas.
También recuerdo a una compañera, Teresa, que me rescató, tomándome de un brazo y colocándome en la fila de 1º grado inferior.
Sin embargo, esto no fue malo ni traumático, porque inmediatamente, el recuerdo siguiente es el de una monja de negro, que me dedicaba especial afecto. A su lado no tuve nunca miedo y enseguida me adapté a las exigencias de una educación guiada por el amor del corazón de Jesús que, como me enteré mucho después, era el carisma de las religiosas que me formaron.
Hace pocos años, conversando con la hermana encargada de mi curso cuando entré en primer grado -ya no vestía de negro-, me comentó que ella también recordaba cuando yo entré a la escuela: «Me acuerdo perfectamente de vos, siempre te quise de una forma especial, porque me dabas un poco de lástima, tan negrita entre dos hermanas rubias y de ojos celestes; recién después, con el tiempo, comencé a conocerte y quererte por vos misma».
Para ser honesta, en ese momento no supe qué decirle, pero esa noche, pensando acerca de lo que me había dicho, descubrí varias cosas.
En primer lugar, y lo más importante, es que no me importaba en lo más mínimo cuál había sido el motivo de su especial atención y cariño. Yo me había sentido querida, cuidada, protegida en un lugar que no me era amigable y estaba colmado de gente desconocida. Siempre me había tratado con dulzura aunque yo no me portara tan bien. Cada vez que pasaba a su lado, recibía una caricia en la cabeza y cuando me caía y me lastimaba, cosa que ocurría frecuentemente porque no paraba de saltar en los recreos, me curaba y lavaba  las rodillas sin un reproche (tampoco me molestó que me comparara con mis hermanas, porque siempre me habían parecido muy bonitas pero, yo era igual a mi mamá.)
Ese comentario, también me hizo pensar acerca de mi tarea docente. ¿Tengo que buscar motivos «válidos» para querer a mis alumnos o intento quererlos de alguna forma posible?
Es decir, ¿cuáles serían los motivos para querer a un alumno? ¿Que me caiga bien, que sea buen estudiante, que no moleste o que participe?
Para ser sincera, si pienso en el rostro de alguno de ellos, no encuentro muchos motivos para quererlos, sin embargo sé que se deben sentir queridos, cuidados, protegidos y escuchados.
¿Debo fingir? No, debo educar mi corazón para descubrir el valor que hay dentro de cada uno. Quizás en un primer momento, deberé quererlos por motivos «poco válidos», pero no debo dejar de buscar en ellos y en mí misma para llegar a amarlo de verdad.
Un texto bíblico apropiado para meditar el día del maestro es el texto del Buen Pastor: Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí (Juan 10, 14). 
Jesús nos conoce, sabe lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón y «por eso» -no «a pesar de eso»-, nos ama, nos cuida y nos busca cuando nos alejamos de él.
Pidamos, en el día del maestro, poder conocer a nuestros alumnos para descubrir cómo son realmente y así, poder amarlos.
También es un buen momento para recordar a los maestros que «dieron su vida» por nosotros.
Aquellos que dieron horas de sueño o sacrificaron paseos  y salidas con su familia por corregirnos a tiempo un trabajo.
Aquellos que se despiertan por la noche pensando cómo poder ayudar a un alumno co dificultades.
Los que después de hacer doble turno, participan de cursos de perfeccionamiento para seguir estudiando y poder enseñar mejor.
Los que entran con una sonrisa al aula porque confían en que su trabajo vale la pena.
Demos gracias por ellos y también pidámosle a Jesús que, como el Buen Pastor, seamos capaces de dar la vida para dar vida.
¡Feliz día para todos los  maestros y muchas gracias a Dios por los que encontré en mi vida!

 

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