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Pentecostés: nace la Iglesia

 

por Ricardo Stirparo y Horacio Prado

 

 

«Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: -Hermanos, ¿qué debemos hacer?- Pedro les respondió: -Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil».   Hch 2, 37-41

En Pentecostés fechamos el nacimiento de la Iglesia, ya que el Espíritu Santo derramado es el que gesta y hace posible la experiencia de la comunión, de la comunidad, más allá de las diferencias, de las dificultades y las limitaciones. Recién cuando el Espíritu Santo llega a los apóstoles se hace clara la experiencia de Jesús resucitado y la conciencia de su misión: «anunciar con hechos y con palabras la Buena Noticia».  Hoy es la misma misión que nosotros, el presente de la Iglesia, abrazamos con nuestras vidas. La Iglesia no tiene razón de ser sino anuncia el Evangelio como una propuesta de vida. En tiempos de los apóstoles, su sociedad, los grupos de poder, su cultura, planteaban serias contradicciones. En la actualidad, entrando al tercer milenio, nuestra cultura pos-moderna nos plantea otros desafíos y otras dificultades; pero lo que no ha cambiado es el Espíritu. El mismo que impulsó a las primeras comunidades, es el que nos anima hoy y nos hace Iglesia. Este Espíritu llevó a los apóstoles a dar la vida por el anuncio del evangelio. ¿Y nosotros? ¿Cómo recibimos el impulso de vida del Espíritu Santo? ¿Cómo podemos renovar en este Pentecostés la misión que el Señor nos ha confiado? ¿Cómo se hace presente el Espíritu en nuestra experiencia de ser Iglesia? Vamos a buscar cuál es el rostro de Iglesia que el Espíritu quiere gestar ente nosotros.

Primer momento: Motivación
En Pentecostés celebramos el nacimiento de la Iglesia... ¿Cómo percibimos el presente de la Iglesia que  está cerca de cumplir 2000 años? ¿Cómo es nuestra Iglesia del tercer milenio? ¿Cuáles son los desafíos que tiene que asumir? ¿Cuáles son las tentaciones que tiene que resistir? ¿Cómo vemos a nuestra Iglesia, de la cual somos parte? En este primer momento del encuentro vamos a analizar las distintas imágenes de la Iglesia que pueden aparecer tanto entre nosotros como en la sociedad. Analicemos las viñetas:

 

 

 

 

 

 

 

• Analizar cada situación planteada en las viñetas.
• ¿Qué sucede en ellas?
• Describir la imagen de Iglesia que nos transmite cada viñeta.
• ¿Qué situación ocurre con más frecuencia?
• ¿Nos identificamos con alguna? ¿Con cuál? ¿Por qué?
• En nuestro grupo, ¿se da alguna de estas situaciones?

Puesta en común y conclusiones.

Segundo momento: Anunciamos la Palabra

Dejamos que la Palabra de Dios nos clarifique acerca de cómo nace la Iglesia, cuál es su misión y cuál es la acción que el Espíritu Santo genera en ella. Proclamamos Hechos  2, 1-47.  Ofrecemos algunas claves para anunciar que el que genera la comunidad, el que hace posible la experiencia de ser Iglesia, es el Espíritu Santo. Si nos olvidamos de él, por más esfuerzos y buena voluntad que pongamos, nos resultará imposible «ser comunidad», «ser Iglesia», que camina y anuncia que la vida del Evangelio vale la pena.

• El primer fruto del Espíritu Santo derramado, es la comunión: el signo de las distintas lenguas que hablaban los apóstoles, nos dice que el Espíritu genera la comunión donde hay imposibilidad de entendimiento.
• El segundo fruto es el anuncio del Evangelio: Pedro sale del temor y la inseguridad que lo encerraba y lo anuncia resueltamente y con una fuerza nueva. Las palabras de Pedro a todos los que estaban allí, no sonaron huecas, más bien conmovieron profundamente a los presentes, porque no teorizaba sino que hablaba de lo que tenía en su corazón.
• Otro fruto es la conversión: «¿Qué debemos hacer?», preguntó la multitud que había recibido el testimonio y el anuncio de Pedro. «Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesús». Ese día se unieron a ellos y se hicieron bautizar alrededor de tres mil personas. Nace el nuevo pueblo de Dios: la Iglesia.
• En la primera experiencia de Iglesia, la eucaristía, la oración y la Buena Noticia eran centrales.
• Los apóstoles (los pastores de ese pueblo) realizaban signos y prodigios.
• La comunión entre ellos no era solo espiritual, sino también material: compartían sus bienes para que nadie pasara necesidades.
• La unidad, la alegría y la sencillez eran características salientes en la primera comunidad cristiana.

Tercer momento: reflexión grupal

Luego del anuncio del Evangelio, proponemos realizar una reflexión en pequeños grupos, intentando profundizar sobre la experiencia de la primera comunidad que el Evangelio nos relata en Hech. 2, 42-47. Lo haremos guiados con un cuadro semejante al que aquí presentamos:

Hechos 2, 42-47
La primera comunidad
Podemos preguntarnos

Espíritu santo,
queremos pedirte

• Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles.
• Participaban de la vida en común, compartían sus bienes y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno.
• Realizaban loa fracción del pan y rezaban. Frecuentaban a diario el Templo.
• Todos los creyentes se mantenían íntimamente unidos. Comían juntos con alegría y sencillez de corazón.

• Cada día el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.

• ¿Recibimos en nuestro corazón lo que Jesús me enseña a través de los demás?
• ¿Compartimos nuestras cosas? ¿Nos animamos a poner a disposición de los demás los bienes que administramos? ¿Buscamos el bien común en los bienes que tenemos?
• ¿Buscamos vivir con profundidad las celebraciones? ¿Cómo son nuestras eucaristías? ¿Llenas de vida o de rutina?
• ¿Apostamos a la unidad? ¿Somos generadores de unidad? ¿En qué gestos se hace visible?

• ¿Cómo vivimos nuestra misión de testimoniar y anunciar el Evangelio? ¿Salimos de nuestro grupo para concretar nuestra misión?

 

Finalizado el momento de la reflexión por grupos, haremos una puesta en común de lo dialogado en cada grupo.

Cuarto momento: oración

Vamos a pedirle al Espíritu de Dios que en este Pentecostés queme en nosotros todo aquello que no nos aleja de los demás, que sople  en nuestro corazón y erradique todas las actitudes que no favorecen a la comunión. Nosotros somos la Iglesia, o por lo menos somos la parcela de Iglesia que el Señor nos confía, y en nuestras manos está ofrecer al Espíritu esta parcela, para que no dependa solo de nuestros esfuerzos, sino que él siga gestando la unidad entre nosotros. Vamos a cerrar el encuentro leyendo y rezando una reflexión de Carlo Carretto acerca de la Iglesia:

¡Qué criticable eres Iglesia! Sin embargo, ¡cuánto te amo! ¡Cuánto me has hecho sufrir! Pero, ¡cuánto te debo!
Quisiera verte demolida; pero necesito de tu presencia. ¡Me has dado tantos escándalos! Y, sin embargo, me has hecho entender la santidad. Nada, por otra parte, he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido y más falso; pero, nada, por otra parte, he tocado más puro, más generoso y más bello. ¡Cuántas veces he sentido deseos de estrellarte contra la puerta de mi alma! ¡Y cuantísimas veces he pedido poder morir en tus brazos, los únicos seguros!
No, no puedo librarme de ti, porque soy tuyo aunque sin serlo por entero. Además, ¿a dónde iría? ¿A fundar otra Iglesia? El caso es que no sabría fundarla sino con los mismísimos defectos, ya que son los míos los que llevo dentro. Por otra parte, sería mi Iglesia y no la de Cristo. Soy lo bastante viejo para comprender que no soy mejor que los demás.

 

 

 

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