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Mamerto Menapace

Monje benedictino del Monasterio Santa María de Los Toldos, desde el año 1959.
Ordenado sacerdote el 4 de diciembre de 1966.
Abad del Monasterio desde 1980 hasta 1992 (cumplió dos períodos consecutivos de seis años).
Reconocido escritor, ha publicado más de veinte libros de cuentos para el encuentro con Dios y el crecimiento en la fe
.

 

 

 

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La pobreza y la fe
por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

No habrá tenido mucho. Pero lo que tenía era muy suyo. Sobre todo, porque de tanto llevarlo encima había terminado por sentir indispensables todas esas realidades: sus botas, su poncho, sus ropas, su chambergo y su facón.

¡Habían compartido tantas cosas juntos, que había terminado por encariñarse con todo eso! Más que cosas suyas, las sentía como parte de sí mismo. Como realidades de su misma historia. Al sentir consigo todas esas realidades, se sentía viviendo una historia con continuidad: historia con pasado. Y todo hombre que está en camino siente la tentación del pasado. Tentación que se concretiza en el poseer; en el no dejar.

Al llegar a la orilla de ese río, la opción le resultó dura. Esa realidad del río que atravesaba como un tajo su camino, le exigía una decisión dolorosa. No es que no quisiera atravesarlo; ¡si para eso se había puesto en camino! Lo duro no estaba en vadearlo; sino en que para vadearlo debía tomar una actitud nueva frente a todas sus cosas viejas; frente a todo lo que era suyo; frente a todo lo que se le había adherido.

Todo bicho exigido a dejar el pellejo, busca arrinconarse. Lo busca hasta el gusano que quiere ser mariposa. Para poder crecer hasta el volido, necesita aceptar el retiro del capullo. La rosa y el gusano lo hacen por instinto; al cristiano, por ser hombre, le toca decidirlo.

Al llegar a la orilla del río, nuestro hombre se acurrucó en silencio. Antes de despojarse por afuera necesitaba unificarse por dentro. Necesitaba mirar la correntada, dejar que ella le entrara por los ojos y se le fuera corazón adentro. Necesitaba que el corazón pasase primero, para poder luego seguirlo su cuerpo. En esa actitud se le fue la tarde, y la noche le cayó encima con todo su misterio. Y en esa actitud lo pilló el lucero. Fue entonces recién cuando dijo: "sí". Un sí que lo venía arreando desde lejos. El mismo sí, que lo pusiera en movimiento al comienzo.

Despacio se puso de pie, se quitó el poncho y lo tendió en el suelo. Se sacó las botas y las colocó en el centro. Luego el facón, el pañuelo, la faja y el chambergo. A cada pilcha que entregaba, el hombre se iba empobreciendo. Los grandes momentos de la vida no necesitan dramatismo. El drama es el escenario ficticio que necesitan ciertos acontecimientos cuando carecen de suficiente espesor para impactarnos por sí mismos. O cuando no han sido aceptados por la rumia y nos resultan indigestos.

Por eso el hombre, sin broma ni drama, ató las cuatro puntas del poncho que contenía todo los suyo. Lo voleó tres veces como un lazo para darle impulso y lo tiró por encima de la correntada para que fuera a caer a la otra orilla. De este modo colocaba lo suyo allí donde él mismo debía llegar. Hacía que lo suyo se le adelantara para esperarlo en la meta.

Y allí quedó él, en la orilla de acá, liberado de todo para poder vadear mejor ese río y urgido a vadearlo para poder encontrarse con todo lo suyo, que lo había precedido. Porque era un hombre que amaba profundamente lo suyo.

Nada se ha de perder
de lo que el Padre nos ha dado.

Hace más de veintitrés siglos un joven salmista, al que le pasó algo parecido, le decía al Señor en un largo poema:

Yo pongo mi esperanza en vos Señor,
que no quede frustrada mi esperanza

(Salmo 118)

Guía de Trabajo Pastoral por Marcelo A. Murúa

Cuento La pobreza y la fe, de Mamerto Menapace.
Publicado en el libro La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.

Lectura

Realizar la lectura del cuento en grupo. Es importante que todos los presentes tengan una copia del texto. Se pueden ir turnando dos o tres personas para leer el cuento en voz alta.

Rumiando el relato

Al terminar la lectura entre todo el grupo se reconstruye el relato en forma oral (se lo vuelve a contar).

¿De qué nos habla el autor en el cuento?

¿Quién es el protagonista del relato?

¿A qué cosas le tenía mucho afecto?

¿En qué encrucijada se encuentra al tener que cruzar un río?

¿A qué cosas le tenía mucho afecto?

¿Qué proceso hace para decidir? ¿Cuál es su decisión?

Elegir una frase del texto (releerlo rápido para ubicarla) que más le haya llegado/impactado a cada uno y compartirla en voz alta.

Descubriendo el mensaje

El cuento nos habla de la vocación y la fe. ¡Cuántas veces para continuar el camino tenemos que hacer renuncias y arriesgar!

En tu vida, ¿te has encontrado en encrucijadas dónde hay que hacer renuncias para seguir adelante? ¿En qué situaciones?

Releé el proceso que realiza el hombre mientras toma la decisión, intenta describir ese proceso y aplicarlo a tu vida cuando tomas decisiones importantes.

¿Qué cosas deberías poner en "tu poncho" a la hora de cruzar el río? ¿De qué cosas tendrías que liberarte? ¿Qué cosas te atan demasiado?

La frase del salmo con la cual termina el cuento nos habla de la confianza en el Señor, cimiento indispensable para cualquier decisión en el camino de fe. ¿Cómo vives esto de poner toda tu esperanza en el Señor? ¿Qué situaciones de tu vida necesitas poner en las manos de Dios?

¿Qué aprendes del cuento para tu vida? ¿Cómo puedes aplicar el mensaje del cuento?

Compromiso para la vida

Sintetizar en una frase el mensaje que has descubierto en el cuento para tu vida. Compartirlo con los demás.

Para terminar: la oración en común

Leer entre todos la oración y luego poner en común las intenciones de cada uno.

Terminar con una canción


En tus manos mi esperanza, Señor

En tus manos mi esperanza, Señor.
Ante ti te muestro mi vida,
lo que alegra
y lo que me preocupa,
mi realidad
y mis sueños,
mi ayer, el hoy y mi mañana.

Me confío en tí, Dios de la Vida,
para que me guíes por tus caminos.
En tus manos pongo mi horizonte
para que tu amanezcas
en mi camino.

En tus manos pongo mi esperanza
porque confío en tí, Señor,
y quiero ser fiel a tu proyecto.

Dame fuerzas, Señor,
para vivirlo.

- Que así sea -

 

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