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Escuché tu voz y respondí:
¡Aquí estoy Señor!

 

Me llamaste
y escuché tu voz.
Dijiste mi nombre
y conocí tus palabras.

Me convocaste
a la aventura de la fe
y me aseguraste tu presencia
y compañia.
Tu palabra, transparente,
actual, interpelante,
me salió al encuentro
en la lectura de la Biblia.
La oración compartida
con mis hermanos
me fue mostrando el camino.

Un oído en tu Palabra
el otro en las cosas que pasan.

Muchos que anduvieron
antes, estos pasos,
me alentaron con su ejemplo
y con su entrega.
Otros tantos, anónimos
constructores del Reino,
me animan, a diario,
a seguir adelante.

Escuché tu palabra,
viva, presente, estimulante.
Diáfana y clara
en las luchas de tantos
que buscan la verdad,
la justicia,
que vuelva la honestidad
y que se acabe la corrupción
y la impunidad
que nos degrada la vida.
Te escuché,
tan cotidiano y cercano
en las voces acalladas
de tantos que buscan
un trabajo y un sustento.

Me saliste al encuentro
en la palabra de tantos
que anunciaban, no las suyas,
sino las tuyas,
a veces, con firmeza,
a veces, balbuceantes,
a veces, con silencios.
Me encontré con tu Palabra
capaz de generar vida nueva,
esperanza de Reino,
solidaridad activa,
manos unidas por un mundo nuevo.

Me saliste al encuentro,
caminaste a mi lado,
me mostraste el camino.
Y escuché tu voz,
que me repite
todas las mañanas,
que para ser discípulo
no alcanza, ni sirve
conocer mucho
o repetir Señor, Señor,
porque lo que vos querés
es el compromiso concreto,
vital y generoso
de llevar el evangelio a la vida.
De mostrar con el ejemplo
lo que hay, corazón adentro.


 

Te pusiste en mi camino
y me encontré a tu lado.
Las palabras escritas hace tanto
se hicieron vida nueva
y propuesta de cambio y
de entrega.
Me acostumbré a buscarte
en la noche tarde
o al amanecer, temprano,
para encontrar esa frase
que abriese horizonte
y despertase a la utopía.
Me acostumbré a buscarte
para encontrar la luz
sencilla y penetrante
que ayuda a entender
desde la mirada del Reino,
que es tan distinta...
que implica tanto...
que compromete a tanto...

Dame fuerzas
para ser fiel a tu palabra.
Dame fuerzas
para ser fiel a mis hermanos.
Dame fuerzas
para vivir con coherencia
el evangelio a diario.

Me encontré con tu palabra.
Me la mostraron muchos,
que me enseñaron,
a ver lo bueno de la vida,
para mantenerlo
y hacerlo crecer,
y a ver lo malo de la vida,
para arramcarlo de raíz
y hacerlo bueno.

Te escuché, te escucho
y te respondo:
"Aquí estoy Señor,
para hacer tu voluntad
y vivir como me enseñás".
Dame fuerzas, Señor,
dame fuerzas para lograrlo.

Marcelo A. Murúa

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