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Catequista,
hasta la propia Pascua

por Marcelo A. Murúa

 

El 17 de Abril del año 2005 mi mamá se encontró con el Padre Bueno para entrar a la Vida que El promete para todos sus hijos e hijas. Ella fue mi primer catequista, quien desde pequeño, en la mesa del almuerzo familiar leía, para mi hermano y para mí, esas historias tan bellas de los personajes bíblicos que quedaron para siempre grabados en mi corazón. Mi mamá tuvo muchísimos gestos de catequista a lo largo de su vida que mostraban una vida confiada en las manos de Dios, desde encender una vela a sus "santitos" cada vez que mi hermano o yo dabamos un examen en la facultad, hasta poner bien visible la Biblia abierta en la casa, o llevarme a la Eucaristía dominical y a las "fiestas de guardar" (así se decía antes) en la parroquia, o colocar el Sagrado Corazón de Jesús a la entrada de la casa, siempre con su florcita fresca… Me evangelizó con la vida pues sin haber ido nunca a un seminario ni haber hecho "estudios catequísticos" llevaba en su interior un corazón de catequista.

Quiero compartir con mis amigos lectores de BuenasNuevas.com, con quienes comparto la vida y el caminar, una carta que escribí a mis amigos más íntimos un día después de su fallecimiento, para compartirles la alegría de su partida hacia el Señor. Me han escrito muchas personas diciéndome que les ha servido como una "catequesis de la Esperanza", y por eso se las ofrezco esperando que pueda ayudarlos.

 

Queridos Amigos y Amigas:

No suelo enviar mails grupales porque disfruto de escribirles a cada uno, pero esto quiero compartirlo igual con cada uno de ustedes, que de diferente manera y en distintos tiempos, siempre han sido una huella de Dios en mi vida.

Estos últimos días estuve totalmente dedicado a acompañar a mi mamá en su pascua hacia el Señor.

Ella enfermó de metástasis de cáncer del hígado en el último mes y todo fue muy rápido, y gracias a Dios, sin sufrimiento para ella.

En el día de ayer se la presentamos al Dios Bueno y se fue contenta con El a encontrarse con mi papá y todos sus seres queridos que la precedieron.

La experiencia de acompañarla en estos días fue hermosa pues pude atenderla, rezar, abrazarla y estar con ella mucho tiempo.

El sábado le dimos la Unción en una celebración bellísima adonde estuvieron todos mis hijos y esposa, junto a nuestro amigo el padre Alejandro, que es el director Nacional de Catequesis de Argentina.

Ayer por la noche celebramos la Eucaristía junto a ella con mi obispo (que estaba en Buenos Aires en la reunión de la Conferencia Episcopal Argentina) y el padre Alejandro y como te imaginaras fue hermosa y llena de vida y de signos, pues ambos tienen mi misma escuela. Con decirles que al final hasta Bernardo mi hijo menor espontáneamente dijo delante de todos pidiéndole al obispo que "ahora que terminamos, como la abuela estaba llena de amor quiero pedirte que le hagas un corazón" (antes el obispo nos había invitado a acercarnos a todos y con agua bendita cada uno le fue haciendo la señal de la cruz en el ataúd, por eso el Berni le pidió que no se olvidara de otro signo - más significativo para él - que fue el trazar el corazón).

La Misa fue alegre, con risas, recuerdos y hasta alguna broma cuando mi otro hijo Esteban hizo su oración muy serio dando "gracias porque en mi comunión la abuela nos hizo la torta a Bernardo y a mí". Claro cuando yo dije en voz alta que la torta era de chocolate y frambuesas, y Berni agregó con un gesto "y asiiiií de grande" (abriendo los brazos), todos se rieron.

Yo estoy muy contento porque el velatorio de mi mamá y su despedida fue un hermoso encuentro de catequesis para mis familiares, amigos y conocidos, muchos de los cuales nos abrazaron luego porque nunca habían vivido algo así.

Para mí simplemente fue dar gracias por mi mamá, que fue mi primer catequista, la de la vida, la que me hizo conocer el delicado aroma de Dios que llenaba su habitación después de que le dimos la Unción, porque estaba a la puerta preparado para buscarla.

Les pido una oración por ella, para los que no la conocieron se llama Martha y me ha dejado grandes aprendizajes para la vida.

Quisiera compartir los dos últimos, que por haber sido en su lecho final, son grandemente significativos para mi.

El sábado, ya internada, pidió constantemente con gestos que le sacáramos la máscara de oxígeno. Me dijo en varias oportunidades, siempre con los ojos cerrados y una voz muy bajita pues estaba ya muy débil y consumida "No es lo que corresponde".

¡Estaba preparada para la partida y no quería esperar! Qué bella manera de enfrentar a la muerte. Con cariño y decisión, dándose cuenta y enseñando que no corresponde "estirar" la vida cuando el Señor está allí tendiendo la mano. La hermana muerte no es sino el encuentro definitivo con el Dios de la Vida, la "frutilla del postre" de nuestra existencia. ¡por qué entonces, resistirse, y más bien, porque no acogerla con los brazos abiertos, para estrecharse en un abrazo con el Señor y dejarse llevar por él.

Yo aprendí esto de mi mamá catequista en su lecho de muerte, que sería más bello llamar, su escalera a la Vida (porque el paso exige esfuerzo).

La última frase que le escuché de sus labios, y que constituye la segunda gran enseñanza que me ha dejado, fue "levantame para rezar". Yo le había dicho que vendría el padre Alejandro para darle la Unción, y que ibamos estar toda la familia a su lado para prepararla y acompañarla hacia el Señor. Tal vez suene "fuerte" que yo le hable a mi mamá así pero que cosa más bella que entregar en los brazos de Dios a quien nos ha dado la vida.

"Levantame para rezar" resume una vida vivida en las huellas de Dios. Con la espiritualidad rústica y auténtica de nuestras madres, quienes sin haber estudiado "nada" de Dios, nos lo hicieron conocer con su ejemplo y testimonio. Mi mamá, tal vez como la de ustedes, tenía perfume a Dios, y lo supo transmitir e impregnar en quienes la rodearon.

Su último esfuerzo quiso dedicarselo a rezar, y recibir la Unción, que como le dije al terminar, era la preparación para que el Señor la buscara. Preparada y perfumada se le dejamos en sus manos y él la llevó a las pocas horas.

Yo también lloro, y la he llorado todos estos días, pero no puedo dejar de gritar lo que han visto mis ojos, han escuchado mis oídos y han palpado mis manos acerca del Dios que es Vida. Estoy muy feliz y tranquilo porque mi mamá está con El, y le doy gracias porque me quiere y me cuida tal vez demasiado... como hacen las madres. Pues permitió que llegaramos a tiempo para estar a su lado, nos acercó la ayuda de amigos que nos prestaron el dinero para viajar pues somos muchos y en ese momento no lo teníamos (vivimos en Bariloche, a 1600 km de Buenos Aires, donde ella vivía), me regaló el cuidarlo un día y medio arreglando su cama, llevándola al baño, dándole de comer y los remedios. Y finalmente me ofreció a dos grandes amigos, el padre Alejandro y mi obispo Fernando, para darle los sacramentos y celebrar la Eucaristía más linda de mi vida.

Mi mamá se llamaba Martha, algunos la conocieron y otros no, pero todos respiraron alguna vez el aroma del Espíritu que ella me fue transmitiendo desde que me trajo al mundo. No era mío, tampoco de ella, pero ella lo supo transmitir bien y por eso está con Dios.

Que el Dios de la Vida los llene de paz.

Los recuerdo con inmenso cariño y se que van a rezar por mi mamá.

 

Marcelo

 

 
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