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Las mujeres en los Evangelios
Una adolescente en problemas

por Gloria Ladislao

 

“Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.  Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies,  rogándole con insistencia: «Mi hija está llegando a su fin;  ven a imponerle las manos, para que se cure y viva».  Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. “

Mc 5, 21-24

Al final del relato sabremos que la hija de Jairo tenía doce años. ¿Qué puede pasarle a una niña de doce años como para que esté “llegando a su fin” ?  Aunque la traducción suene extraña, quiero ser fiel al texto griego, que aquí no usa la palabra usual para decir “morir”, sino esta expresión “llegar a su fin”. ¿Al fin de qué?
Como en otros casos de milagros que tienen por protagonistas a mujeres, esta niña  está en la cama, adentro de la casa, muy grave, sin ningún diagnóstico certero. No sabemos con precisión qué tiene.

El relato de este milagro se interrumpe con la aparición de la mujer que sufría hemorragias desde hacía doce años. Algo une a esta mujer madura con esta mujer-niña. La niña de doce años se está muriendo, llega a su fin. La mujer sangrante hace doce años que está muerta en vida. La niña de doce años se está acercando, o ha entrado ya, en la pubertad, cuando su cuerpo empieza a perder sangre periódicamente. La mujer madura hace doce años que sangra.
Y si la mujer sangrante salió a la calle a buscar la salvación, la  mujer-niña de doce años, por el contrario,  está en la cama, está adentro de la casa, sin salir, sin poder pedir ayuda. Es su papá el que sale a buscar al Maestro para decirle: “Mi hija está llegando a su fin”.

La adolescencia duraba muy poco en aquella cultura. Cuando la niña tenía su primera menstruación, se realizaba el compromiso matrimonial, acordado por ambas familias. Al año del compromiso, los jóvenes se casaban.
Esta niña pertenecía a una familia especial. Su padre era uno de los jefes de la sinagoga. Con semejante cargo, sólo podemos pensar en un buen cumplidor de los preceptos religiosos. Seguidor seguramente de las prácticas fariseas, puntilloso en la observancia de la ley.

“Cuando una mujer tenga su menstruación, será impura durante siete días, y el que la toque será impuro hasta la tarde.
 Cualquier objeto sobre el que ella se recueste o se siente mientras dure su estado de impureza, será impuro.
 El que toque su lecho deberá lavar su ropa y bañarse con agua, y será impuro hasta la tarde.
 El que toque algún mueble sobre el que ella se haya sentado, deberá lavar su ropa y bañarse con agua, y será impuro hasta la tarde.
 Si alguien toca un objeto que está sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se sienta, será impuro hasta la tarde. “

Lev 15, 19-23

Todos los cuerpos  cambian a los doce años. Pero  para una niña perteneciente a una familia cumplidora  de la ley, este cambio venía acompañado de imposiciones. No más la libertad de andar por toda la casa, de tocar cualquier cosa, de ayudar a cocinar… Esas eran algunas de las cosas, además de los cambios físicos, que afectaban el cuerpo de una muchachita de doce años. “Mi hija está llegando a su fin”.  Y para este cuerpo que está agonizando, Jairo pide sanación y salvación con el cuerpo: “Ven a imponerle las manos”.

 “Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?».  Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas».  Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago,  fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba.  Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba.  La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!».  En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro,  y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña. “

Mc 5,35-43

Primero, sacar a todos del medio. ¿Qué hace toda esa gente contemplando el espectáculo de una niña que no puede soportar su cuerpo de doce años y está tirada en la cama? Afuera todos. Sólo el papá y la mamá, y algunos de los discípulos como testigos de la comunidad. Nadie más.

Sin temor a la impureza de esta muchachita que ya todos creen muerta, como tantas otras veces, Jesús toca. La toma de la mano. Y le ordena: Talitá kum, ¡Levántate! Para que  no sea la hora del fin, sino la hora de resurgir, de estar de pie, de caminar de un modo nuevo. Esta es la voz que la niña-mujer necesitaba oír. Una voz que llega hasta ella con palabras que no la hunden sino que la elevan, una voz para sacarla a ella y a sus papás del miedo de este momento. Y una mano que no va a cumplir las prescripciones del Levítico - “no tocar, no tocar, no tocar” - sino que está ahí justamente para tocar, para establecer contacto, para que este cuerpo de doce años siga conectado a otros cuerpos, a otras vidas, a toda la posibilidad de relación.

 

 

Para Trabajar en grupo

Las prescripciones del Levítico relativas a la sangre eran normas religiosas y sociales que se le imponían a cualquier niña a partir de la pubertad.

    • ¿Existen normas sociales hoy que son una presión sobre la vida de los y las adolescentes? ¿Cuáles?
    • ¿Cómo acompaña la comunidad cristiana los  procesos de cambio de los y las adolescentes?
    • ¿En qué sentido la comunidad cristiana puede ser el espacio donde estos/as adolescentes se pongan de pie para caminar?

 

 

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