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Las mujeres en los Evangelios
La mujer sangrante

por Gloria Ladislao

 

Cierta vez en que Jesús predicaba a orillas del lago de Galilea, rodeado de mucha gente, Jairo, el jefe de la sinagoga, vino a rogarle por su hija que estaba grave. Y cuando Jesús se dirigía hacia la casa de Jairo pasó esto:

“… Y había  allí una mujer que desde hacía doce años padecía flujo de sangre. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y había gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.  Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su túnica,  porque pensaba: «Si logro tocar al menos su túnica  me salvaré».  Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.  Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi túnica?».  Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?».  Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.  Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.  Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad».

Mc 5,25-34

Esta mujer con flujo de sangre se encontraba perfectamente dentro de la situación prevista por el  Levítico:

“Cuando una mujer tenga un flujo de sangre durante varios días, fuera del período menstrual, o cuando la menstruación se prolongue más de lo debido, será impura mientras dure el flujo, como lo es durante la menstruación.  Todo lecho en el que se acueste y todo mueble sobre el que se siente será impuro, lo mismo que durante el período menstrual.  El que los toque será impuro: deberá lavar su ropa y bañarse con agua, y será impuro hasta la tarde”.

Lv 15,25-27

Vivir sin tocar

Desde hacía doce años, esta mujer vivía en impureza constante. Si intentamos reconstruir su vida cotidiana, el escenario es realmente triste. Privada del contacto físico para no contagiar su impureza a otros. Recluida en alguna habitación exclusiva de la casa para no impurificar muebles y objetos. Aislada en su cuerpo, sabiendo que cada abrazo y cada caricia es una nueva impureza. Es en el cuerpo de ella donde la Ley hace sentir su peso.

Ella, privada de tocar para no extender la impureza, decide buscar la salud tocando. Ya no espera soluciones ni de sus recursos materiales – que se han extinguido –,  ni de los médicos – que no han encontrado solución - . Enferma en el cuerpo y privada del tacto, con su cuerpo y tocando busca la sanación.

Su cuerpo, recluido en la casa para no contaminar, sale a la calle, porque ella “había oído hablar de Jesús”. Está en medio de la multitud, apretujada por todos lados, sabiendo sólo ella, en secreto, que está desparramando impureza. Después de doce años de no tocar, abrazar ni hacer caricias, decide que será el tacto el vehículo de sanación: “Si logro tocar al menos su túnica me salvaré”.  

Impura en el cuerpo, busca la salud con su cuerpo, puesto en contacto al menos con los vestidos que cubren el cuerpo del Médico y Salvador.

 

Quién me ha tocado

Jesús captó el lenguaje de la mujer. Apretujado por todos lados, así como la mujer supo en su cuerpo que estaba sanada, Jesús supo en su cuerpo que había sido “tocado”. No hicieron falta palabras para el milagro, bastó el contacto corporal. Las palabras de Jesús son una declaración sobre el milagro que ya ha ocurrido: “Tu fe te ha salvado”.

La fe que en ella se hizo movimiento y valentía para salir a la calle. La fe que se hizo tacto, mano extendida, contacto físico. La fe que le dio al cuerpo lo que no le había dado  la Ley, ni el dinero, ni los médicos.

Mientras la Ley la obligaba a la pasividad de no salir, no tocar, no participar, la fe la volvió una mujer dinámica, decidida, arriesgada.

Ella se animó a tocar. Y tocando encontró la salvación.

 

Para Trabajar en grupo

Proponemos un momento de relajación-oración con el cuerpo. Está adaptado de la publicación  “Juntas, de pie y en camino” del MEDH, Movimiento Ecuménico  por los Derechos Humanos de Argentina.

  • Nos sentamos en ronda, cómodos/as, puede ser en el piso o sobre almohadones.
  • Invitar a mirarse las manos y preguntarse cómo ven sus manos,  cuánto hacen cotidianamente…
    ¿Cómo las sentimos? ¿Hay algún lugar donde las siento tensas, con dolor?¿Están lastimadas? Las masajeo suavemente, dedo por dedo… como si las estuviéramos reconociendo por primera vez. (Puede repartirse un poquito de crema perfumada.)
  • A continuación, invitamos a la mitad de los/as participantes a que se ubiquen detrás de otra persona. Si él/ella me lo permite, le hago unos suaves masajes sobre los hombros. Pienso cuánto bien pueden hacer mis manos …
    Pienso cuánto puedo comunicar de paz, salud y bendición con mis manos…
  • La persona que está sentada respira hondo, se afloja y confía en las manos del/la compañero/a. Alguien repite suavemente esta frase del texto: Ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
  • Luego de unos minutos cambiamos de ubicación, y quien hacía los masajes ahora los recibe.
Compartimos: A partir de esta experiencia, tomamos conciencia de que nuestro cuerpo nos devuelve como en un espejo todas las experiencias de lo que nos pasa. Comentamos cómo nos hemos sentido, y lo que hemos descubierto sobre las posibilidades de salud y salvación que nos da el contacto corporal.

 

 

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