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Las mujeres en los Evangelios
Mujeres Impuras

por Gloria Ladislao

 

La pureza ritual

Varias veces en los evangelios encontramos que Jesús tiene discusiones sobre lo puro y lo impuro, por ejemplo respecto a los alimentos (Mc 7,2) o por tratar con personas calificadas de impuras como los cobradores de impuestos (Mc 2,16).

El concepto puro/impuro nació en el ámbito del culto, es decir,  los rituales y  sacrificios por medio de los cuales el pueblo expresaba su relación con Dios. Puro era todo aquello apto para el culto a Dios. Así, por ej., un cordero sano y tierno era puro,  cumplía las condiciones necesarias para ser usado en algún sacrificio. Un cordero enfermo o con algún defecto era impuro, no se podía usar. Como vemos, la noción más primitiva de puro/impuro no estaba ligada a la moral, sino a condiciones externas, específicamente relacionadas con la forma de hacer los ritos.

 Desde este concepto, la Ley señalaba que el sexo y la sangre humana eran impuros, es decir, no aptos para el culto (Levítico cap. 15). ¿Por qué? Pensemos que en los tiempos del antiguo Israel, los pueblos vecinos, entre sus prácticas religiosas, tenían tanto ritos sexuales como sacrificios de seres humanos. Por ejemplo entre los cananeos, mantener relaciones sexuales con la sacerdotisa consagrada a una diosa era la forma de dar culto a esa diosa. Cuando alguna persona se encontraba en una situación de extrema necesidad podía ofrecer, para obtener el favor de los dioses, lo más preciado, la vida de un hijo, derramando sangre humana sobre el altar. Estos ritos paganos fueron una gran tentación para el pueblo de Israel durante muchos años. La Biblia nos cuenta que inclusive un rey de Judá, Ajaz, en el s. VIII a.C, para tratar de ahuyentar la guerra que se avecinaba, sacrificó a su hijo (2 Re 16,3-4).

 

La impureza de los líquidos corporales

Con sus propias normas, el pueblo de Israel buscó diferenciarse de los ritos paganos. Así, el sexo y el derramamiento de sangre quedaron fuera del culto a Dios, se convirtieron en impuros. El libro del Levítico en su capítulo 15 trae una detallada descripción sobre los fluidos de los cuerpos (semen y sangre) y la impureza que producen.

Para la época de Jesús, este concepto puro/impuro que había nacido en el culto ya se había extendido a toda la vida cotidiana. Los animales impuros, no aptos para el culto, tampoco se podían comer (Lev 11). La impureza de la sangre ya no se aplicaba solamente con el fin de evitar sacrificios humanos, sino que cualquier contacto con sangre en la vida diaria (tocar una herida o el ciclo menstrual) dejaba a una persona en la condición de impura, es decir, no apta para participar de los actos litúrgicos.

Las mujeres, por derramar sangre periódicamente, quedaban en la condición de impuras. Esta impureza, sumada a otros prejuicios y consideraciones sociales, hizo que las mujeres estuvieran relegadas, particularmente en la vida religiosa. Cualquier contacto físico con una mujer “contagiaba” la impureza. Los sacerdotes del Templo de Jerusalén, que eran hombres casados, debían abstenerse de mantener relaciones sexuales durante los días que servían en el templo. Se evitaba el contacto físico y el diálogo con cualquier mujer en lugares públicos. En la entrada del Templo de Jerusalén circulaba una corriente de agua para que los varones pudieran hacer los ritos de purificación y participar de las ceremonias del templo.

En las sinagogas, donde se leía la Escritura, las mujeres podían estar presentes en la liturgia  los  sábados, pero no podían leer o participar con su voz en los comentarios bíblicos.

 

La sangre de la vida

La sangre menstrual y la sangre de los partos es signo de la capacidad de vida que las mujeres llevamos en nuestro cuerpo. Pero una religión controlada y legislada hizo de esa sangre de vida una impureza  que obligaba a recluirse, una sangre “sucia” que contagiaba algo malo. La sangre, fuente de energía y de vitalidad, se convirtió en la razón por la cual muchas mujeres se vieron confinadas y limitadas de participar activa y plenamente en la vida.

Jesús, en esto como en tantas otras cosas, fue libre. Se ubicó más allá de prejuicios y tabúes. Trató con impuros e impuras.

No hay sangre sucia o impura desde que El dejó su sangre en la copa de vino para quedarse presente.
No hay sangre sucia o impura desde que El derramó su sangre en la cruz para dar vida.
No hay sangre sucia o impura desde que de su costado abierto, como en un parto con sangre y agua, nació la Iglesia.

La sangre de las mujeres, la sangre que periódicamente se derrama marcando el ciclo de la vida, es sangre pura, apta para el culto a Dios, símbolo de la energía y la vitalidad que se entrega desde el cuerpo de las mujeres.

 

 

Para Conversar en grupo

La condición de impureza estaba ligada al sexo y a la sangre. Así, mujeres y otras personas quedaban en la categoría de impuras, no aptas para el culto a Dios.

  • ¿Existen clasificaciones donde consideramos que algunas personas, por razones sexuales o biológicas,  son menos  aptas para el culto a Dios que otras?
  • ¿Qué personas sufren restricciones o limitaciones para participar en la religión y por qué?

En algunas culturas todavía sobreviven algunos mitos sobre la impureza o el “contagio” de la sangre menstrual. Por ejemplo el mito que dice que si una mujer durante su período bate mayonesa, la mayonesa se cortará. O que durante los días de su período la mujer no debe bañarse.

  • ¿Qué mitos circulan en nuestro medio ambiente?
  • ¿Qué visión sobre la mujer reflejan?

 

Nota aclaratoria

Todos los temas que estamos desarrollando, sobre la condición de las mujeres en el judaísmo en la época de Jesús, se refieren a aquel momento histórico. El judaísmo ha evolucionado en diversos sentidos a lo largo de estos veintiún siglos. Digamos, por ejemplo, que hoy en día existen muchas rabinas mujeres, lo cual es un signo del lugar que las mujeres ocupan hoy en la religión judía, muy distinto al que tenían en tiempos de Jesucristo.

 

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