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Las mujeres en los Evangelios
La Diaconía de la las Mujeres

por Gloria Ladislao

 

Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó, y tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirlos.

Mc 1,29-31

Este pasaje de la curación de la suegra de Pedro nos narra cuál fue la consecuencia de la curación:  ella se puso a servirlos. ¿Cómo entender esta expresión? El verbo servir incluye todas esas tareas que también nosotros hoy calificamos como “servicio doméstico”: limpiar, lavar, cocinar, atender, servir la comida, y todas las tareas que cada uno y cada una puede agregar a la lista desde su propia experiencia. Ese servicio era hecho por esclavos o esclavas en las casas pudientes y por las mujeres en las casas pobres. El servicio de esclavos y de mujeres ha tenido siempre un aspecto en común: no se paga con dinero. El servicio doméstico ha sido considerado un trabajo de inferior categoría, “no calificado”. Si hasta se escucha decir: “Fulanita no trabaja, es ama de casa”, como si atender una casa no fuera trabajo.

Así leído el texto, nos puede parecer que la sanación dada por Jesús no trajo muchos cambios a la vida de la suegra de Pedro. Seguirá lavando, limpiando, haciendo la comida y atendiendo a la familia. Sin embargo, el evangelio nos lleva a mirar un poco más.

 

Lavar los pies

Todos recordamos el gesto de Jesús en la última cena: lavó los pies de los discípulos. Lavar los pies era una tarea que hacían los esclavos en las casas pudientes y las mujeres en las casas pobres. Lavar los pies del marido cuando volvía de la calle era una de las obligaciones de la esposa. Jesús se pone en ese lugar brindando el servicio que no se paga con dinero y que muchas veces ni siquiera se agradece, porque se da por supuesto que eso es lo que el esclavo y la mujer deben hacer. El servicio doméstico, uno de los trabajos peor considerados socialmente, es para Jesús la única prueba de que somos sus discípulos:

Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.

Jn 13,15

El Evangelio de Lucas nos cuenta que, también en la última cena, hubo una discusión entre los discípulos sobre cuál de ellos era el mayor. Entonces Jesús les dijo:

El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.

Lc 22,26-27

Una vez más, Jesús toma una situación de la vida cotidiana, de lo que pasa en cada casa a la hora de la comida. Uno sentado a la mesa, el amo o el padre de familia. Otro sirviendo: el esclavo o la mujer. Y Jesús decide ponerse en el lugar del esclavo y de la mujer. Jesús es el que sirve. Jesús no tiene problema en hacer “cosas de mujeres”.

Estas cosas de mujeres y de esclavos: limpiar una casa llena de tierra, atender las necesidades básicas de las personas, cocinar, lavar pies sucios, son para Jesús la nota que expresará si somos o no sus discípulos y discípulas.

 

Mujeres llamadas y servidoras

El evangelio no nos cuenta ninguna historia de vocación de mujeres, no nos dice cómo fueron llamadas. Pero sí deja claro que ellas se incorporan en la comunidad con la nota propia y distintiva de los seguidores y seguidoras de Jesús: sirviendo.

Para la suegra de Pedro, este servicio tiene ahora una nueva dimensión. Ya no es sólo para los de su casa, es para toda la comunidad. Así, los límites de la casa se ensanchan y esta mujer deja de estar circunscripta solamente a su familia y sus parientes; ahora entra en relación con toda una comunidad que reconoce su servicio.

En el evangelio aparecen otras mujeres con este rol de servidoras. No tenemos relato de vocación acerca de ellas, no sabemos la forma en que Jesús las llamó a integrarse en la comunidad. Pero sí sabemos que lo siguieron y lo sirvieron. Así va a caracterizar el evangelio al grupo de mujeres discípulas que llega con Jesús hasta el Calvario:

Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Mc 15,40-41

En griego, la palabra servicio se dice diaconía. La primitiva comunidad cristiana tuvo la experiencia de cuánto bien hacía a la vida cotidiana de los integrantes de la comunidad esta diaconía de las mujeres, como nos muestra este texto de San Pablo:

Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de Cencreas, para que la reciban en el Señor como corresponde a los santos, ayudándola en todo lo que necesite de ustedes; ella ha protegido a muchos hermanos y también a mí.

Rom 16,1-2

Durante los primeros siglos de la Iglesia, el ministerio ejercido por diáconos y diaconisas fue una de las formas en que las comunidades pudieron realizar el mandato de Jesús de servirnos unos a otros.

 

 

Para Conversar en grupo
  • ¿Qué servicios realizamos en el ámbito donde estamos: casa, trabajo, iglesia? ¿Qué valoración tiene ese servicio?
  • ¿Qué servicios hacen las mujeres de la comunidad que pueden ser calificados como diaconía? ¿Cómo valora la comunidad estos servicios?

 

Mirando el mapa de Palestina en tiempos de Jesús

La suegra de Pedro vivía en Cafarnaum, a orillas del lago de Galilea. Desde allí, muchas mujeres siguieron a Jesús hasta Jerusalén. Observemos ese camino y prestemos atención a los nombres de lugares conocidos que van apareciendo.

Ese es el itinerario que las mujeres servidoras hacen con Jesús.
Para darnos una idea de lo que eran esos caminos, tengamos como dato que una caravana tardaba siete días en ir de Nazaret a Jerusalén.

Mapa de Palestina en tiempo de Jesús
(tomado del Curso Bíblico Pastoral de BuenasNuevas.com
“Conociendo Palestina en tiempos de Jesús”)

 

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