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Las mujeres en los Evangelios
Muy amante muy perdonada

por Gloria Ladislao

 

Uno de los fariseos le rogó que comiera con él. Y después de entrar en la casa del fariseo se reclinó a la mesa.
 Y he aquí una mujer, la cual era, en la ciudad,  pecadora; y habiendo sabido que está sentado a la mesa en la casa del fariseo, habiendo traído un frasco de alabastro de perfume,  y habiéndose puesto detrás a los pies de él, llorando, con sus lágrimas comenzó a mojar los pies de él y  a secar con los cabellos de la cabeza de ella, y  a besar los pies de él y a ungir con el perfume.
Habiendo visto el fariseo, el que lo invitó, pensó en su interior: "Si éste fuera profeta, conocería quién y de qué clase es la mujer que lo toca, porque es una pecadora".
 Y respondiendo,  Jesús le dijo:
-  "Simón, tengo algo para decirte".
 El dice:
- "Maestro, habla".
- "Dos deudores tenía un acreedor. El uno debía quinientos denarios, el otro cincuenta. 42 Aunque ellos no tenían para pagar, canceló la deuda a ambos. Así que ¿quién de ellos lo amará más?
 Respondiendo Simón dijo:
- "Supongo que aquel a quien canceló más".
El le dijo: - "Correctamente juzgaste". (Lc 7,36-43)

 

Sobre deudas y perdones

Frente a la situación planteada por las acciones de esta mujer pecadora, Jesús decide contarle al fariseo Simón una pequeña historia, una parábola. El relato es muy simple, y, como siempre en el caso de las parábolas, Jesús alude a situaciones que todo el mundo conoce; en este caso, cuestiones de dinero. La parábola breve y sencilla, presenta sin embargo un elemento sorprendente: este prestamista ha perdonado la deuda a  ambos deudores. Y no se da ninguna explicación para esto; simplemente, porque no podían pagarle. Dado que lo habitual es que los prestamistas cobren sus deudas (de lo contrario no serían prestamistas sino benefactores) esta parábola puede ser clasificada como una parábola so­bre un caso llamativo.
Cualquiera que alguna vez haya tenido una deuda, pequeña o grande, y haya vivido con la preocupación de poder o no poder pagarla, comprenderá el alivio que significa que la deuda sea cancelada, sin más requisito que la imposibilidad de pagar. ¡Eso sí que es sacarse un peso de encima!
La conclusión es bastante obvia y, por lo tanto, convincente. Cualquier persona estará agradecida a quien le perdone una deuda. Por eso, el fariseo Simeón puede juzgar correctamente sobre este caso hipotético que Jesús le plantea. ¿Pero y si resulta que este relato no era solamente un cuentito fantasioso?

 

¿Qué efecto quiere lograr la parábola?

El fariseo Simón tenía un juicio hecho sobre lo que estaba ocurriendo en su casa: Jesús, supuesto profeta, se dejaba tocar por una mujer “de esa clase”. Esto era una falta a las normas de pureza y una impudicia reñida con la moral y la religión. Si Jesús era profeta, y por lo tanto hombre de Dios, no podía transgredir de esa manera los códigos de Dios.

La parábola busca cambiar el juicio de Simón. No se niega el hecho de que la mujer fuera pecadora (tenía deudas) pero sus acciones no provienen del pecado sino del amor. La parábola es una invitación para que Simón pueda ver lo que ocurre no desde su idea ya hecha sobre las personas pecadoras,  sino desde el amor misericordioso de Dios que perdona. Por otro lado, Jesús como profeta, es un hombre que anuncia ese amor "cancelador de deudas" que ofrece Dios.

Y habiéndose vuelto hacia la mujer dijo a Simón:
- "¿Ves a esta mujer? Entré a  tu casa y agua sobre  pies no me diste; ésta, en cambio, con las lágrimas mojó mis pies y con los cabellos de ella los secó. Un beso no me diste; en cambio ésta, desde que entró, no cesó de besar mis pies.  Con aceite mi cabeza no ungiste; ésta en cambio con perfume ungió mis pies.  Por eso te digo: los pecados de ella, los muchos pecados, están perdonados, porque amó mucho. En cambio, aquel a quien poco es perdonado, poco ama".
Y en cambio dijo a ella:
- "Están perdonados de ti los  pecados".
 Y los comensales comenzaron a decir en su interior:
-  "¿Quién es éste, que también hasta perdona los pecados?".   
Pero Él dijo a la mujer:
- "Tu  fe te ha salvado, ve en paz". (Lc 7,44-50)

En la diferencia entre quien debía más y quien debía menos, el que demostró mucho amor y el que demostró poco, Jesús involucra a Simón. La parábola busca no sólo que Simón pueda juzgar de otro modo lo que está ocurriendo, sino que también se sienta parte de lo que está ocurriendo: ¡Él también es deudor! Jesús contrapone los "más" de la mujer (lágrimas en vez de agua, besos en vez de un beso) a los "menos" de Simón. "Aquel a quien poco es perdonado, poco ama". Simón debía poco –y así se consideraría él mismo como buen fariseo cumplidor– pero también mostró poco amor.
Y esta mujer pecadora, con sus muchos pecados, puso mucho de ella, de su cuerpo, de su expresión, de su mucho amor.

 

La incorporación de los pecadores en la Iglesia

Este ha sido siempre, a lo largo de los siglos, un tema que ha suscitado polémica en la Iglesia, entre quienes sostienen posturas más rigoristas y otros que tienen una posición más laxa o permisiva.

Hoy, la reflexión y la práctica eclesial es más sensible y está más urgida a hallar respuesta frente a ciertas situaciones: los divorciados vueltos a casar y los homosexuales, por nombrar sólo dos cuestiones de gran debate en este momento. La discusión abarca incluso el aspecto moral de si esas personas deben ser consideradas pecadoras, tema que excede la intención de estas líneas y merece un tratamiento adecuado. La realidad es que son personas a las que se considera en una situación irregular como para que participen plenamente de la vida eclesial.
Uno de los aspectos de esta discusión tiene que ver con una cuestión “cronológica” digamos, o sea, si se deben exigir primero   las muestras de amor y arrepentimiento para luego dar el perdón, o si el perdón dado provocará después el mucho amor.
Por supuesto que este texto evangélico por sí solo no nos dará la solución al actual desafío pastoral. Pero quiero señalar esto:

Jesús tuvo una mirada limpia y sin prejuicio sobre los actos de la mujer pecadora. Donde los demás sólo veían su condición de pecadora, Jesús vio su amor. Dejó que ella se acercara, y se acercara tanto como para llegar al contacto físico, y creyó  en lo que ella hacía. Se dejó tocar por ella. La mujer pecadora quería llegar hasta Jesús y lo hizo. La Iglesia está siempre llamada a ejercitarse en este rol del recibimiento, la escucha, la cercanía; de no cerrar de antemano  las puertas  a nadie, de pedir al Espíritu Santo una mirada libre de prejuicios para percibir los gestos de amor que realizan los pecadores y pecadoras que quieren estar cerca de Jesús

.

 

 

Para Conversar en Grupo
  • ¿Hay una consideración distinta hacia pecados de varones y pecados de mujeres? ¿Hay algunos pecados o pecadores que se señalan más que otros?
  • ¿Existe en nuestra comunidad alguna actividad pastoral dirigida directamente a los/las pecadores/as? ¿Cómo anunciamos el perdón y la paz de parte de Jesucristo?
 

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