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Las mujeres en los Evangelios
La que no paraba de besar

por Gloria Ladislao

 

Uno de los fariseos le rogó que comiera con él. Y después de entrar en la casa del fariseo se reclinó a la mesa.
 Y he aquí una mujer, la cual era, en la ciudad,  pecadora; y habiendo sabido que está sentado a la mesa en la casa del fariseo, habiendo traído un frasco de alabastro de perfume,  y habiéndose puesto detrás a los pies de él, llorando, con sus lágrimas comenzó a mojar los pies de él y  a secar con los cabellos de la cabeza de ella, y  a besar los pies de él y a ungir con el perfume.
Habiendo visto el fariseo, el que lo invitó, pensó en su interior: "Si éste fuera profeta, conocería quién y de qué clase es la mujer que lo toca, porque es una pecadora". (Lc 7,36-39)

 

Esta mujer pecadora, de la cual no sabemos el nombre, entra a la casa donde Jesús se encuentra y comienza a hacer una serie de gestos altamente significativos.

Trae perfume, un artículo cosméticos, usado para embellecer, para dar placer y para seducir. Tengamos en cuenta que la palabra griega usada aquí – myron – designa a los perfumes oleosos, es decir, los perfumes disueltos en aceite. Por lo tanto, su efecto no es sólo perfumar, sino también penetrar la piel, humectar, dar suavidad. Con este myron ella toca y unge los pies de Jesús. ¡Qué efecto tan suavizante y placentero habrán tenido estas caricias! Los pies de Jesús, que recorrían los caminos y los pueblos anunciando y sanando, ahora reciben un descanso reparador.
Ella se pone a los pies, porque esto no sólo es un acto de cuidado corporal, sino porque también, estar a los pies implica reconocer el honor y la autoridad. Lavar los pies era siempre un acto hecho por un inferior hacia un superior: el esclavo a su señor, los hijos a los padres, la esposa al esposo. Por algo Jesús en la última cena tomó el gesto de lavar los pies como el distintivo del amor: una acción por la que cual el inferior no esperaba recompensa, una acción que no tenía nunca retribución.
La mujer viene con los cabellos sueltos, y  así seca los pies de Jesús. El cabello era considerado uno de los elementos más sensuales de la mujer, por eso estaba reservado solamente al marido. Las mujeres casadas salían a la calle con el cabello bien cubierto por el velo. Sobre la sensualidad del cabello femenino da cuenta el Cantar de los Cantares. La cabellera es uno de los motivos por los que el novio elogia la belleza de su amada: "…tu melena cual rebaño de cabras" (Ct 4,1). Son cabellos que no se quedan quietos y "ondulan por el monte Galaad".  Y que tienen tal poder de atracción que hacen exclamar: " Tu cabeza, sobre ti, como el Carmelo / y tu melena, como la púrpura / ¡un rey en esas trenzas está preso!" (Ct 7,6). Imposible librarse de las redes que teje una cabellera seductora.
Ella besa. Jesús dirá más adelante: desde que entré, no cesó de besar mis pies.  El solo hecho de besar implica un nivel de intimidad y contacto que resulta llamativo. En muchas culturas, aún hoy, las personas sólo se besan si son de la misma familia. Y aún más, esta mujer besa los pies, y los besa muchas veces; no para de besar.

 

 El lenguaje del mucho amor

No existe una sola de las acciones de la mujer que no corresponda al lenguaje amoroso y erótico. Ir con el cabello suelto, llorar, mojar, secar, ungir con bálsamo y besar los pies, son prácticas que no se ajustan a las costumbres de la presentación de las mujeres en público y al recato que esas ocasiones exigen. Son todas acciones que sólo se hacen entre personas cercanas; algunas de ellas, como el estar a los pies, son el reconocimiento del inferior frente al superior, del esclavo hacia su amo. Otras, como llevar el cabello suelto y llenar de besos, pertenecen claramente a otro ámbito de las relaciones humanas, son armas de seducción y de atracción, son expresión de amor entre un varón y una mujer que sólo se hacen en la intimidad. La mujer las está haciendo públicamente. Jesús no es su marido, ni su hermano, ni su amo, y sin embargo se convierte en receptor de estos gestos amorosos reservados  a personas que comparten un círculo íntimo.
Y mientras ella hace todo esto, Jesús la deja hacer y se deja mojar, se deja secar, se deja ungir, se deja besar. No es extraño, entonces, que la pregunta del anfitrión sea justamente por qué este maestro se deja tocar. El texto describe un nivel de contacto físico entre la mujer y Jesús que, no sólo para aquella sociedad, sino incluso hoy en día resulta sorprendente, llamativo o capaz de despertar suspicacias. Más aún si tenemos en cuenta que Jesús era tenido por un maestro. De hecho, son las acciones de la mujer las que desencadenan toda la escena, al suscitar en primer lugar la pregunta del fariseo y de allí en más las palabras de Jesús.

 

La interpretación de Jesús

Y habiéndose vuelto hacia la mujer dijo a Simón:
- "¿Ves a esta mujer? Entré a  tu casa y agua sobre  pies no me diste; ésta, en cambio, con las lágrimas mojó mis pies y con los cabellos de ella los secó. Un beso no me diste; en cambio ésta, desde que entró, no cesó de besar mis pies.  Con aceite mi cabeza no ungiste; ésta en cambio con perfume ungió mis pies.  Por eso te digo: los pecados de ella, los muchos pecados, están perdonados, porque amó mucho. En cambio, aquel a quien poco es perdonado, poco ama".
Y en cambio dijo a ella:
- "Están perdonados de ti los  pecados".
 Y los comensales comenzaron a decir en su interior:
-  "¿Quién es éste, que también hasta perdona los pecados?".   
Pero Él dijo a la mujer:
- "Tu  fe te ha salvado, ve en paz". (Lc 7,44-50)

Jesús, que ha permanecido pasivo, recibiendo y disfrutando cada uno de los gestos de la mujer, no se dirige a ella en primer lugar sino a su anfitrión. Y lo hace para presentarle una interpretación de las acciones de la mujer que no es la que el fariseo Simón hacía. En labios de Jesús encontramos que la acciones de esta mujer no son impudicia, ni indecencia, ni pecado: son mucho amor.
Contrapuesta a la frialdad y austeridad del fariseo, que no besa, no perfuma y no da agua, Jesús mira con buenos ojos la efusión sensitiva y sensible de esta mujer.

El lenguaje amoroso, el lenguaje erótico de varón y mujer en la intimidad, donde los cuerpos se tocan y los bálsamos se derraman, es recibido con gusto por Jesús: ese es el lenguaje del mucho amor.

 

 

Para Conversar en Grupo

En la rica tradición litúrgica de la Iglesia se han incorporado a lo largo de los siglos varios gestos hechos con el cuerpo - ponerse de rodillas, la señal de la cruz, etc. - presentes en la liturgia hasta el día de hoy. En este sentido, podemos decir que el lenguaje corporal está presente en la celebración litúrgica católica. Sin embargo, muchos creyentes manifiestan que "no entienden" lo que se hace en la liturgia, sea en la misa o en la celebración de los sacramentos. Por otro lado, la religiosidad popular conoce gestos y rituales, tanto espontáneos como tradicionales, ya sea caminar, besar las imágenes o encender velas, en los que el pueblo creyente expresa su fe y su amor a Dios, a la Virgen, y a los santos.

  • ¿Qué gestos corporales existen en la religiosidad de la gente en su medio ambiente y en su cultura? ¿Qué expresan esos gestos corporales?
  • ¿De qué forma concreta se viven los gestos corporales de la misa? ¿Se comprenden o se hacen como algo mecánico?
  • ¿Cómo podemos enriquecer nuestras celebraciones con otros gestos y expresiones corporales?
 

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